El factor demonológico en la ufología (I)

Parafraseando al enmostachado Gurdjieff, el depredador de la humanidad es un sujeto astuto: no devorará a su presa de un sólo bocado; le mantendrá viva e intentará saborearla durante toda su existencia física: se alimentará de su dolor y de su temor, disfrutará con su ansiedad y saboreará sus pasiones con dilección. Como buen comensal, sazonará su alimento con especias que implantará en su presa: enfermedades, vicios y obsesiones; estas le harán el caldo gordo con que se nutrirá a lo largo de los sincronismos negativos que pueblen la manipulada vida emocional de su víctima humana. De las Sesiones Cassiopaea:
P: (Laura) ¿Cómo funciona el mecanismo de control con estas dos [personas], ya que, obviamente, ambos estarían sorprendidos de oír esto, si de hecho, no negasen completamente el fenómeno?
R: Las ondas se transmiten hacia sus mentes y éstas estimulan los implantes precodificados. Estos son monitoreados y cuando se exponen a la verdad, se generan olas para evitar la recepción y reforzar los patrones de pensamiento pre-codificados de resistencia.
P: ¿Se dijo en otra ocasión que se hizo algún procedimiento físico para bloquear mi energía y causar dificultades físicas. ¿Qué fue lo que pasó?
R: Se le ha inhibido la tiroides.
P: En alguna ocasión informaron que el libre albedrío es la ley más importante en la Creación. ¿Por qué no podemos ejercer nuestro libre albedrío y negarnos a ser abducidos y manipulados?
R: Aquellos que los están abduciendo están ejerciciendo su libre albedrío al hacerlo.
P: ¿Por qué su libre albedrío tiene prioridad sobre el nuestro?
R: ¿Por qué vuestro libre albedrío tiene prioridad sobre los seres de 2° o 1° densidad?
Pero la supina actividad requiere antes de un pormenorizado examen médico y psicológico; el distinguido comensal sacia sus apetitos con un alimento desbalanceado, melancólico, con una orquestada y lenta desintegración, maximizando así el régimen calórico que le puede ofrecer la fuerza vital distorsionada de este humano: ¿sus esencias sexuales serán más provechosas si se vierten en la necesidad del aislamiento y soledad? ¿ha de inyectársele implantes psicológicos que le conduzcan hacia aberraciones más nutritivas? ¿por qué no proveerle un trauma oculto que lo arrastre hacia una suculenta depresión y que culmine en un trágico suicidio? En Disneyland of the Gods, nuestro respetado John Keel nos recuerda:
Los humanos hemos estado sufriendo de extrañas distorsiones de la realidad desde siempre. En el ocultismo y en la religión, y en los tradicionales cuentos de hadas del Medio Evo, todos los relatos concluyen en lo mismo. Los abducidos recuerdan una especie de larga aguja que es introducida en su abdomen. Y este tipo de procedimientos médicos puede ser hallado en historias tan antiguas como de medio siglo atrás.

Cuando se observan todos estos relatos desde una visión panorámica se llega a la irremediable conclusión de que alguien, periódicamente, ha estado abduciendo humanos con el fin de realizarles alguna clase de auscultación, de la misma forma que nosotros hacemos una inspección veterinaria de nuestro ganado.
La energía loosh del centro emocional,
recolectada por entidades parasitarias
inorgánicas de la cuarta densidad
El fiero convidado, provisto de una visión hiperdimensional, puede evaluar los futuros probables de su presa, auxiliado en su profundo conocimiento de la psicología humana: al fin y al cabo, ellos retorcieron al ser humano para hacerlos ávidos y voraces, sabuesos denigrados que olfatean la debilidad de sus congéneres para someterlos dentro de su propia jerarquía social. No pasa por la mente de aquel ser hostil, la somera posibilidad de que el humano despierte. No, los han cegado hábilmente; además, el relato con que han nutrido a sus libros sagrados es más que elocuente: el hombre es el príncipe de la creación. No debe el humano temerle a nada: ocupe su vida en reproducirse y poblar la granja del buen dios: hacer sacrificios, someter la poca voluntad y vaciar el pensamiento crítico en un éxtasis de dogmática fe: la devoción es otra distinguida forma de alimento sutil con que nutre a los dioses nefastos. El renegado Trevor James Constable, en su brillante y olvidado libro The Cosmic Pulse of Life concluye al postular en el capítulo The Boys Donwstairs a las entidades detrimentales:
Hay esencialmente dos facciones trabajando tras los OVNIs. Están los eterianos, que custodian y guían, y los “muchachos de abajo” que confunden y manipulan a la humanidad. Los instrumentos terrestres de los “muchachos de abajo” incluyen a aquellos que están inspirados —por cualquier medio que se adapte al individuo en particular— para destruir todo enfoque racional del tema OVNI. Los gobiernos y sus auxiliares científicos demuestran adecuadamente el anquilosamiento de la investigación racional.

La analogía puede aclarar más estos procesos. Cuando el estafador es descubierto, ya no es de confianza: ha sido expuesto y es inútil a los fines del secreto. Un carterista atrapado en el acto no sólo va a la cárcel, también podría ser castigado por su víctima. La exposición perjudica el funcionamiento de la actividad siniestra, independientemente de su magnitud. La putrefacción de arriba a abajo del gobierno estadounidense sacada a la luz a través de las audiencias de Watergate ha revelado la actividad criminal y antiética en una escala que ha hecho que la mayoría de los estadounidenses decentes se den cuenta de que su país está plagado de mal. Al igual que con el carterista y el estafador, así con los más altos niveles de trabajo; el lado siniestro depende de la subrepción para continuar su trabajo.
Aunque desde nuestra perspectiva existen tres facciones, la disección que hace Constable es acertada: podemos observar los mismos actores en el revelador libro de Kyle Griffith, War in Heaven (Guerra en el Cielo), cuando describe a los Teócratas en aparente lucha contra el Colegio Invisible, en un similar juego ajedrecístico, custodiando, manipulando y sacrificando a sus piezas humanas en el tablero de la tercera densidad. Empero, ambos autores desconocen a la tercer facción de servicio al prójimo que actúa desde la directiva primaria del balance, honrando y respetando el vapuleado libre albedrío humano.

Uno de los principales problemas con que se topará el buscador de la Verdad es cuando efectivamente se encuentre con ella. ¿La reconocerá? En un mundo de mentiras e ilusiones, la Verdad (o cualquier porción que oriente hacia ella) no brillará como una gema; lo más probable es que luzca deslucida, siniestra y hasta increíble. Los titiriteros han hecho bien su trabajo: el cerebro límbico de su aberración espera que la Verdad se presente hermosa, alegre y, sobre todo, fácil. Poniéndonos un tanto eclesiásticos, en Apocalipsis 10:9-10 leemos:
Y fui al ángel, diciéndole que me diese el librito. Y él me dijo: ´Toma, y cómelo; y te amargará el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel.' Entonces tomé el librito de la mano del ángel, y lo comí; y era dulce en mi boca como la miel, pero cuando lo hube comido, amargó mi vientre.
Si nos atrevemos a entrecruzar este immram neotestamentario con las experiencias extracorporales de Robert Monroe y a comparar al ángel bíblico con su Inspec,(1) podemos citar un calcado destilado final (cap. XIII: Shock Treatment de su libro Far Journeys):
Me tomó varios meses adaptarme al concepto del Loosh que me explicó mi Inspec. “Adaptarme” es una palabra muy amplia para describir el ciclo completo de shock, rechazo, ira, depresión, resignación y aceptación. [...] Algo estaba muriendo en mí. Durante mucho tiempo me había dado cuenta de que el Dios de mi infancia no existía, al menos no en la forma imaginada por mi sistema de creencias. Sin embargo, había aceptado profundamente el concepto de Creador y Creado: no tenía más que mirar a mi alrededor el elaborado e intrincado orden del diseño, la simbiosis que hacía funcionar todo el proceso, los árboles que crecían en línea recta si se les daba la oportunidad, que me proporcionaban a mí y a otros respiradores de oxígeno lo que necesitábamos mientras proveíamos sin saberlo nuestros productos de desecho, que éstos necesitaban para existir... el equilibrio de todo el planeta, cuyas bandas filtrantes externas de energía permitían sólo la cantidad y la calidad adecuada de la luz solar tan crítica para el crecimiento biológico... y por supuesto la cadena alimenticia. [...]
Para el ojo entrenado, la pastilla roja tal vez resulte en una amargura necesaria.

Pero trascendida la depresión, nos enfrentaremos al desierto de la realidad. La mayoría de los autores conspiranoicos —de la que seguramente nuestros bienamados hermanos en la Búsqueda de la Verdad nos eximirán— parecen arribar a esta desasosegada conclusión y refugiarse en las difusas sombras de la tronera cavernaria, a la espera de una luz magnánima que los conduzcan con seguridad hacia un ámbito más dichoso. Parecen desconocer que atender el llamado no sólo implica el saber si no también el ser... todo individuo que aspire a la libertad, no esperará que una entidad altruista de consciencia superior lo conduzca fuera de la ergástula platónica, sino que pondrá pies en polvorosa para hallar la salida; necesariamente ha de convertirse en aquello que aspira ser, pues, no le quepa duda alguna: la comodidad no es una opción.

Esto no significa que el conocedor se encuentre desamparado; muy por el contrario, cuenta con un verdadero guía interior. Pero para aclarar el panorama, recordemos que la conexión entre el consciente y el supraconsciente se encuentra escindida: volverla a religar es el acto supremo que nos convierte en ser. Y de acuerdo a nuestra investigación, esta reconexión requiere de la pericia del arte sacro, con el fin de lograr las prendas solares de la santidad, esto es —alejado de toda desviación eclesiástica,— el Sendero del Balance.

* * *
*

Argot: el arte sacro

Vaya sorpresa cuando en el trajín de la enconada Búsqueda vemos finalmente la Luz Verdadera al final de la gruta. Aquellos obreros del arte, individuos sin duda provistos de visión crítica y refinada intuición, no vacilarán en cuestionar los pormenores y contrapesos de nuestro aparente desinteresado propósito. ¿Qué lleva a los que transitan los últimos salones del laberinto cavernario platónico realizar un pormenorizado racconto de sus precipitados pero decididos pasos hacia la libertad del confinamiento? ¿Acaso mayores e ilustres espeleonautas no han confeccionado numinosos acápites que aclaran por medio de un léxico soberbio las labores hercúleas de la metamorfosis de la consciencia?

Ambas inquietudes podrían converger en una única respuesta si apelamos a nuestra transformada labor dentro del Discipulado de la Naturaleza, que pudiera resumirse en informar a los demás los tropiezos y vicisitudes que hallamos al prepararnos para atravesar el pétreo dintel del exilio y qué territorios se vislumbran al atravesar el umbral de otra realidad.

Conferimos la tutela de la pluma áurea a una narración que algunos confundirán por una parábola:
Hubo una vez una isla en medio de aguas oscuras y profundas; los hombres que allí vivían estaban aislados y no recordaban de dónde venían o quiénes eran.

La isla tenía severas reglas y había pocos habitantes que guardaran algún acto compasivo, pues una de los principales preceptos era “aquel que ayuda comete dos pecados.”

Una de aquellas pocas almas piadosas era la del barrendero. Así lo conocían todos, pues su trabajo era limpiar las calles. Pocos lo conocían más que de vista: un sujeto parco en palabras y con aires de soñador que siempre parecía extravíado y andaba acompañado por un perrito. Aunque, y esto era lo importante para las Autoridades, siempre cumplía con su humillante labor.

De hecho, había conseguido su puesto de saneador, pues los habitantes desdeñaban las labores de limpieza e higiene. Su trabajo consistía en barrer y acarrear los desperdicios ajenos y transportarlos a una región apartada, en las orillas de la isla. Fue así como una tarde a fines de la Primavera, cuando las nieblas que rodeaban las márgenes insulares eran tenues, sus ojos grises vieron un espolón de piedra brillante, más allá de las embravecidas aguas. “¿Qué es aquella región distante?” le preguntó en voz alta a su perrito, mientras se subía a un árbol seco para observar mejor y respiraba el aire límpido y salobre.

Poco más le reveló aquella luz tardía, y cuando el Sol se puso se quedó pensativo en medio de la tierra abandonada, llena de basura y desperdicios. Por la mañana, mientras recorría la isla para cumplir con su labor, preguntó a todos los que se le cruzaban si conocían qué había más allá. Pero las respuestas siempre tenían el mismo tenor: “Compadre, estas extravíado; estamos sólos y rodeados de oscuras aguas; no existe nada más. Halla contento en los placeres y posesiones que proponen las Autoridades, pues la vida es corta y luego ocuparás una parcela de tierra, cerca de donde arrojas todas tus basuras.” Sin embargo, siguió preguntando y cuando todos le hubieron dado la misma contestación, su perrito ladró al olfatear un objeto arrojado en medio de la calle.

El compasivo barrendero se acercó y reconoció el objeto pues era común hallarlos entre los desechos de aquella época: un libro. Lo tomó del suelo y recorrió sus páginas; tenía toda una colección de ellos no lejos del basural, los había apartado con esmero, salvándolos de su triste destino, pues intuía que eran valiosos: aquellos signos escritos debían guardar algún significado tiempo atrás. Como para casi todos los que habitaban la isla, el conocimiento que albergaban las letras era otro olvidado saber que no presentaba beneficio alguno, salvo para aquellos que estaban en contacto con las Autoridades. Pero él conocía a un viejo que había trabajado durante años en la Administración, redactando regulaciones y nombramientos en la isla, es más, era quién lo había recomendado para su labor. Sólo cuando dirigió sus pies hacia la casa del viejo, su perrito dejó de ladrar.

El viejo parecía estarlo esperando, en medio de los humos de una nudosa pipa de raíz. Con algo de apremio, le relató su visión en las orillas, su tropiezo con aquel libro y su necesidad de aprender las letras. El anciano pareció esbozar una clase de sonrisa que disimuló algunas de sus arrugas, y le contestó que le enseñaría el Arte pero que a cambio le ayudara, luego de su trabajo, a ordenar sus libros y documentos ya que pronto debería realizar un viaje impostergable. El piadoso barrendero aceptó de buena gana, y su alegría hubiese sido mayor pero se dio cuenta que su perrito ya no lo acompañaba.

Así pasó algún tiempo y al humilde barrendero se lo veía por las noches, a la luz vacilante leyendo voluminosos libros, comprendiendo significados en varias lenguas, recitando palabras desconocidas y aprendiendo a destilar la esencia que se escondía detrás de la burda letra. Durante largas noches, había trabajado en la biblioteca del anciano, ordenando y rotulando estantes, removiendo el polvo y las arañas, conociendo la enseñanza de otros que habían partido. Su barba creció y algunos de su cabellos ya eran canos.

Una tarde de fines de Otoño, cuando estaba arrojando la última tanda al basural, el Anciano se le apareció. Y le dijo que a partir de mañana, el asumiría su puesto en la Administración de la isla: había sido recomendación suya y nadie se atrevió objetarlo. “¿Y usted, Anciano, qué hará?” El viejo le recordó su perentorio viaje y le informó que ya estaba listo. Le dio las llaves de su casa y un documento enrollado y lacrado.

“Encontrarás aquí mi testamento. Te dejo todo cuanto tengo. A cambio sólo te pido que sigas estudiando y cuidando la biblioteca. Permanece sobrio y atento, haz tu parte con impecabilidad, dado que en algún momento aparecerá alguien más a quien debas orientar. Recuerda, todo es prestado aquí y a ti también te tocará devolverlo.”

Recién allí, el alma del barrendero se dio cuenta de lo que pasaba. El anciano se estaba despidiendo, así sin más; creía verlo difuso, transparente, casi luminoso. Pensó que eran sus lágrimas. Pero el anciano habló otra vez: “¡Mira más allá de la Oscuridad!”

Al mirar por sobre las inquietas aguas, pudo ver otra vez aquella tierra resplandeciente; comprendió que era allí adonde iba el viejo. Su ahora sutil cuerpo se trasladó sin dificultad alguna.
Icono de Cristo y el Abad Mena
“El hombre más Loco
puede volverse Sabio
si Dios le ilumina
”
Permítasenos agregar la siguiente declaración del alquimista Thomas Vaughan, publicada durante 1650 en su libro Coelum Terrae:
Dicen los Sabios que el Hombre, en su estado natural, es la creación media, a partir de la cual deberá pasar a uno de dos extremos: a la corrupción, como lo hacen la mayoría de los hombres, ya que mueren y se desintegran en su tumba; o a una condición espiritual glorificada, como Enoch y Elías, que fueron trasladados. Y dicen que este es un verdadero extremo, ya que después de él no hay alteraciones.
Deseamos incrementar en nuestros amados hermanos, aquellos incondicionales Buscadores de la Verdad, su ejercicio de la libertad y brindarles acceso a las herramientas que, al igual que las estanterías del legendario laboratorio alquimista, proporcionen una visión más objetiva de la realidad distorsionada por nuestros manipulados sentidos. En especial, deseamos hacer énfasis en que el esoterismo, alejado de todo misticismo anquilosante, no es más que conocimiento fragmentado de una disciplina de nivel superior, la cual ha sido históricamente cercenada y relegada de un positivo estudio científico, con la capacidad de abrir las puertas a una realidad menos restringida y más equilibrada.