Kabbalah: los senderos de la rayuela cósmica

Cuando nuestros amados Buscadores de la Verdad se adentren por el incierto sendero que los logre exiliar definitivamente de la confinación física, deberán proveerse no sólo de la luz del conocimiento, sino de un mapa que los guíe hacia la Vía Sublime distinguiéndola de las rutas accesorias del Laberinto del Aprendizaje. Bajo este mapa místico, existen tres tentaciones las que debieran ser sopesadas a la luz del balance:
La Kabbalah como una exégesis
del microsmos humano
  1. la influencia biológica nos conmina a perpetuar la especie, cuando en realidad esconde el hecho de seguir nutriendo de esclavos a los directores del plano físico; pocos humanos, aun aquellos en los que pareciera arder el fuego de la rebeldía e independencia, logran superar esta valla astutamente introyectada
  2. el condicionamiento social y religioso junto a la manipulación psíquica son los obstáculos más comunes en los que se trastabilla emocionalmente: la egrégora humana desvía la independencia y anquilosa las posibilidades, simulando la seguridad que emana de la multitud y la costumbre secular; pero cuando se logra asomar la cabeza por encima de estos mecanismos sociales, surge sin demora el control hiperdimensional, en un marco de ataque bajo la apariencia onírica; el Buscador sólo tendrá vagos recuerdos del incidente, pero su cuerpo se lo recordará cada noche subsiguiente;
  3. finalmente, el aspecto que nos compete ahora analizar, es la orientación espiritual que luego de sortear las duras pruebas anteriores pueda distorsionarse hacia el desbalance, ya sea del sendero siniestro de servicio al ego (considerándose superior a los demás) o del sendero diestro, sirviendo indiscriminadamente a los demás (desconsiderándose a uno mismo); la senda media es aquella que aplica discernimiento, balanceando el servicio de ayudar a otros sin perjudicarse a uno mismo.
Para aquellos Buscadores que han comenzado a despabilarse y entender que la vida en el plano físico no es más que una artera invención de reingeniería hiperdimensional, diseñada para obtener velados réditos de una descomposición orgánica controlada, entenderán que tal cuadro boschiano puede acarrear más de una disonancia cognitiva. Nuestra visión, empero, contempla que el plano físico es tan sólo el lúgubre sótano de un Cosmos con pisos superiores menos restringidos y más iluminados, en donde otras formas de vida basadas en materia no corpuscular —o, desde nuestra perspectiva, en estados energéticos o plasmáticos— pueden elegir con más facilidad orientarse hacia un sendero no predatorio que los encamine hacia la omnisciencia espiritual; en Secret of the Saucers se le informa a Orfeo Angelucci:
“Es todo una cuestión de la escala vibratoria en la que se esté operando,” explicó. “La frecuencia de vibración de la materia densa, que constituye el sustrato del planeta Tierra, es extremadamente baja, por lo tanto, los cuerpos terrenales son lentos, densos y pesados. La tasa vibratoria aquí es bastante más alta y la materia tan tenue que parece, desde un medio físico denso como el vuestro, inexistente; pero como ahora te encuentras en un cuerpo con una escala vibratoria acorde, los fenómenos de este mundo te son tan reales como en tu mundo: la Tierra.”
En cierto sentido, deseando comunicar cierta paz de espíritu con vehemencia pero sin exageración, es el Buscador quien ha resuelto someterse a los desasosegados fuegos de la inclemencia corpórea para convertirse —de contar con el conocimiento, la disciplina interna y la pericia externa, y la irreemplazable actitud— en su conquistador y vencedor.

La fuente Cassiopaea ha brindado una estratificada visión del Cosmos en siete densidades: (1) la primera, la más material y entrópica; la séptima, la consciencia pura creativa. Si fusionamos esta visión con el modelo provisto por el magisterio taoísta, observamos una compartimentación de tres “reinos,” donde las dualidades del Yin-Yang actúan articuladas en diferentes graduaciones: el plano físico, con la más marcada influencia de la energía Yin; el plano etéreo, con una dualidad en balance; y el plano espiritual con la supremacía de la energía Yang.

Síntesis de las enseñanzas místicas
orientales y occidentales
(2)
En la literatura mística judía, hallamos en El Zohar una resplandeciente exégesis que se podría resumir con la frase: “Los seres que viven Debajo, dicen que Dios está en las Alturas; mientras que los Ángeles en el Cielo, dicen que Dios habita en la Tierra.” Y desde la colegiatura occidental rosacruz vemos algo semejante: Robert Fludd, médico, filósofo y reconocido cabalista de la época isabelina, nos brinda una explicación del Cosmos que es a la vez el Aleph Luminoso y el Aleph Tenebroso, fragmentado en tres grandes reinos:
  1. el mundo empíreo (el Cielo), donde la luz excede a las tinieblas;
  2. el mundo etéreo, donde la luz y las tinieblas se equilibran en forma de éter;
  3. el mundo elemental, donde las tinieblas dominan sobre la luz y producen los cuatro elementos.
Desde este enriquecido punto de vista, podemos entender mejor al arte-facto de 22 aristas y 10 vértices que es el árbol cabalístico, observándolo como un grafo de dependencias cognitivas de una academia cósmica: cada escalón sefirótico representaría un nivel de consciencia, donde las entidades necesitan encarnar para obtener, una vez trascendido, el título correspondiente de la respectiva orientación espiritual; Thomas Minderle, en su tratado sobre Principios para la Evolución Espiritual, explica:
Dentro de la jerarquía negativa, los seres se obligan mutuamente a evolucionar a través de la competencia constante, la manipulación, el engaño, la extorsión y la violencia. Dentro de la red positiva, los seres se ayudan entre sí y evolucionan a través de la creatividad, la compasión, la enseñanza, el intercambio y el aprendizaje.
Lograr la integración consiste en dos cualidades: obtener las lecciones necesarias para interactuar armónicamente dentro de la polaridad intrínsecamente propia, y posteriormente haber ganado las lecciones necesarias para interactuar conscientemente con la polaridad opuesta.
Entendida nuestra concepción, el objetivo que pretendemos no será abrumar con otra exégesis teñida de misticismo sobre el Arbol del Cosmos; tan sólo nos permitimos brindar un panorama que integre la Kabbalah con las orientaciones espirituales, ya sea que se elijan los senderos iterativos de la piedad (sefirótica) o severidad (klifótica), o se opte por la integración inteligente de ambas que nos exonera de la necesidad de reencarnar, y sobre la que toda entidad orgánica deberá polarizarse para abandonar con “vida” la realidad física.

Los senderos del Árbol Cósmico:(3)
el siniestro de la severidad klifótica,
el recto de la piedad sefirótica, y la
trascendencia a través de la integración
En este sentido, el centro mental de la humanidad terrestre reside en la sefira siniestra del tercer nivel de consciencia, y en la enorme mayoría de los casos, se encuentra desconectado de las emanaciones en los niveles superiores. Empero, esto no la aisla de comunicaciones esporádicas: ciertas sefiras pueden actuar como resortes y contrapesos que la afecten ya sea para influenciarla en una u otra dirección. Una abducción extraterrestre podría verse como una sefira siniestra superior que desconsidera el libre albedrío de una sefira inferior, afectando la línea de continuidad en la experiencia humana e inyectando patrones psíquicos para amoldarla a sus designios. Del mismo modo, una intervención divina sería la respuesta de una sefira trascendente a una solicitud que respeta y honra la libertad de una sefira inferior.

Asimismo, el fenómeno de la canalización —ya sea que el médium permanezca en trance inconsciente, o por el contrario, cuando efectúe una comunicación iatromántica, por medio de los centros psíquicos superiores en los opera el discernimiento— puede verse como el intercambio de información entre sefiras, aunque, y sobre todo en el caso de la primera, no necesariamente en su orientación más trascendente. Pero enfocándonos en la canalización iatromántica, es decir cuando la consciencia ordinaria sube a niveles superiores, es enriquecedor lo que Warren Kenton (Z'ev ben Shimon Halevi) tiene para ofrecernos en su libro La Obra del Cabalista:
La idea de un maestro interior no es ajena a la Cábala. Muchos cabalistas han hablado a lo largo de los siglos de su maggid o instructor celestial. [...] Con frecuencia, el que dirige al cabalista es un instructor interior —cuando es necesario,— y lo aconseja sobre cuestiones de las que no puede leer o tener acceso en la Tierra. Afirman las leyendas que a los más grandes cabalistas les enseñó el mismo Elías, que es el responsable de la dirección espiritual de la Tradición. Otras historias nos cuentan que Elías no sólo se presenta con muchos disfraces en ayuda de los que han emprendido el camino interior, sino que se manifiesta como el Khidr o “el Verde,” en la tradición sufí, en la que desempeña el mismo papel. De acuerdo con el folklore, Elías no tenía padre ni madre, como Melquisedec, que inició a Abraham a principios de la tradición. Todo esto sugiere que otros personajes extraños como Hermes Trismegistro o Thoth no eran otro que Enoc, el Iniciado, el primer ser humano plenamente realizado, aunque en diferentes formas.
Pero no desconsideremos otorgar cierta licencia a esta posibilidad de un daemon interno que desde una sefira trascendente ofrezca una guía discreta para elevar nuestra consciencia a las regiones empíreas del Cosmos; parafraseando a Fulcanelli, esta “élite” humana —descendiente de Elías— en verdad pertenece al Pueblo de Guachos: es “guacha,” en palabras del psicólogo argentino Roberto Torres, de padre y madre terrena. Ahora bien, el profeta Elías —en griego «Ηλίας»: Solar—, que en las Escrituras dice ser arrebatado hacia el Cielo, como un espíritu puro, en un carro de luz y fuego, nos hace recordar al catedrático Peter Kingsley quien, en su obra En los Oscuros Lugares del Saber, estudia a los iatromantis: los sanadores seguidores de Apolo Oulios, (4) aquellos que incuban al infans solaris:
Así pues, Parménides viaja a los infiernos, a las regiones del Hades y del Tártaro, allí de donde no regresa casi nadie. [...] Parménides viajaba en dirección a su propia muerte de manera consciente y voluntaria:
Las yeguas que me llevan tan lejos como el anhelo alcanza avanzaron, después de venir a recogerme, hacia el legendario camino de la divinidad que lleva al hombre que sabe a través de lo desconocido vasto y oscuro. Y adelante me llevaron, mientras las yeguas, que sabían dónde ir, me llevaban y tiraban del carro; y unas jóvenes indicaban el camino. Y el eje de los cubos de las ruedas silbaba, ardiendo con la presión de los dos ruedas bien redondas, una a cada lado, que veloces avanzaban; las doncellas, hijas del Sol, que habían abandonado las moradas de la Noche hacia la luz, se apartaron los velos de la cara con las manos. [...]
Y la diosa me dio la bienvenida amablemente, me cogió la mano derecha entre las suyas y me dijo estas palabras: “Seas bienvenido, joven, compañero de inmortales aurigas, que llegas a nuestra casa con las yeguas que te llevan. Porque no ha sido hado funesto el que te ha hecho recorrer este camino, tan alejado del transitado sendero de los hombres, sino el derecho y la justicia. Y es necesario que te enteres de todo: tanto del inalterado corazón de la persuasiva Verdad como de las opiniones de los mortales, en las que no hay nada en que confiar. Pero aprenderás también esto: cómo las creencias basadas en apariencias deben ser verosímiles mientras recorren todo lo que es.”
Para concluir, deseamos enfatizar que el macrocosmos del árbol cabalístico, por el principio de correspondencia, es una representación del microcosmos en el ser humano; en un contexto ecuménico, la famosa frase “hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza,” cobra un sentido bastante práctico: los tres dan-tiens —los recintos del cinabrio o campos del elíxir— poseen una relación unívoca con las tres regiones cósmicas:
  • el dan-tien inferior con el reino físico: el centro motriz e instintivo;
  • el dan-tien medio con el reino psíquico: el centro emocional, y
  • el dan-tien superior con el reino espiritual: el centro intelectual.

Esta desconexión de las emanaciones superiores puede religarse, esto es, reintegrarse: este es el olvidado objetivo trascendental de las religiones (del latín religare: volver a unir). Pero para respetar, al menos de cierta manera, el gesto de silencio harpocrático que nos exige el argot, sólo diremos, en vista de ayudar a nuestros bienamados hermanos en la Búsqueda de la Verdad, que el arte consiste en hacer ciclar dentro del árbol microcósmico la energía de la vida, evitando que ésta se disperse del dan-tien falso inferior, en la búsqueda del placer para el ego... y no hemos de olvidar que durante las horas de reposo, habrá salteadores emboscados en los linderos de los caminos oníricos que intentarán arrebatarlo con nefastas promesas lujuriosas.

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