jueves, 22 de diciembre de 2016

La ciencia secreta detrás del húmedo radical

La ceguera en la cual la humanidad se encuentra sumergida parece sostenerse principalmente sobre tres pilares erigidos bajo la cementación durante el umbral de la adolescencia: los sentidos, enfocados con exclusividad hacia la realidad material; la programación biológica, que dirige la maquinaria y conduce la urobórica química cerebral; y finalmente, la hipnosis endógena, fruto de la continua sumisión a la tiranía sensual del húmedo radical.

Pero cuando el decidido hermano en la Búsqueda de la Verdad logre asomarse por encima de este infausto mecanismo de control y observar con ojos más despiertos, aunque más no sea por unos instantes, a la realidad en la que se nos ha confinado aparecerá la componente exógena presta a acudir ante cualquier posible insurrección gnóstica, con un etérico correctivo tras un velado proceso de abducción. Esta fuerza de choque será la más de las veces olvidada o confundida bajo lo que parecería ser un piadoso manto onírico, pero sus efectos nocivos continuarán operando en el trasfondo del subconsciente, incluso como animadas voces de susurros funestos y consejos nefastos. Es una parte relevante del programa de pacificación, como nos informa Marshall Vian Summers, y nos permitimos añadir, con vehemente asertividad, que estas dificultades no son razón para amedrentarse, tal como nos enseña el filósofo británico Edmund Burke: “Aquel que lucha contra nosotros refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad. Nuestro enemigo es nuestro ayudante.

“Así se apacigua
esta terrible tempestad”
Si se logra evitar sucumbir a la desesperación y a la manipulación, deberá apertrecharse de conocimiento, sin olvidar la irreemplazable pericia para aplicarlo, junto con una conducta que tanto Carlos Castaneda como Theun Mares coincidieron en caratularla como la impecable actitud del guerrero. Y aquí creemos beneficioso recordar las palabras aclaratorias del prestigioso Fulcanelli al tercer artesón en la séptima serie de El Maravilloso Grimorio del Castillo Dampierre: SIC.TRISTIS.AVRA.RESEDIT, pues la principal labor del novel artesano debiera ser aquel que logre calmar la tempestad de las constantes y regulares ebulliciones del compuesto hermético; sepa entonces, que nuestro mercurio, húmedo y frío, se coagula poco a poco en contacto y por efecto del azufre, que se aprecia en la forma de un ancla, agente de desecación y firmeza.

Herbert Thurston, denodado estudioso e investigador de lo paranormal, puede ayudarnos a comprender la importancia de esta ancla filosófica; en su relevante investigación sobre Los Fenómenos Físicos del Misticismo, el jesuita inglés propone cuantiosos ejemplos documentados de levitación, estigmas y telequinesia, aunque los que entendemos más relevantes corresponden a los místicos que cobijan casos de incorrupción post-mortem, incendium amoris, inedia y el olor a santidad. Sobre este último caso, extremadamente relevante para los alquimistas, Thurston comenta sobre el médium Stainton Moses:
Estos aromas eran de varias clases, siendo los más favoritos los de rosa, sándalo y verbena. Son utilizadas todas las flores, y aspirado su perfume. Este es el caso notable del campo. Observemos cómo entonces la presencia de una flor particular en la sala determinaba un olor sobresaliente, perdiendo temporalmente los capullos particulares todo su perfume, aunque el olor volviera al día siguiente. Algunas veces, sin embargo, se aspiraba un aroma perfectamente distinto procedente de una flor, o más precisamente, se atribuía a otra diferente.
«Hace algunos meses observé que me envolvía una atmósfera perfumada, en particular, en momentos en que yo sufría dolor. Siempre fui propenso a la neuralgia y, en esas ocasiones, cuantos me rodeaban advertían la presencia de variados perfumes, de igual manera a como los observábamos en aquellas sesiones. Una tarde me hallaba ante una ventana abierta azotada por el aire; sin embargo, exhalaba un aroma tan marcado a rosa que mis amigos presentes trataron de localizarlo. En efecto, se descubrió que radicaba en un punto no más extenso que un chelín, en la coronilla de mi cabeza. El punto era perceptiblemente húmedo y perfumado, fluyendo más libremente al hacer presión.»
Las altas enseñanzas del daoísmo, nos orientan al informarnos que el centro yang corporal corresponde a la coronilla, atribuyéndole las propiedades celestes,(1) mientras que en la geografía opuesta, encontramos su contrapartida yin que oculta los atributos terrestres y que, entendemos a través de nuestra investigación, acaso guarde el más alto secreto de la Gran Obra: el Verbum dimissum de Trevisano, la Palabra perdida de los francmasones y las hermandades herméticas medievales; Fulcanelli en El Misterio de las Catedrales nos recuerda desde el magisterio alquimista:
Post tenebras lux: No lo olvidemos. La luz sale de las tinieblas; está difusa en la oscuridad, en la negrura, como el día lo está en la noche. De la oscuridad del Caos fueron extraídas la luz y sus radiaciones reunidas, y si, el día de la Creación, el Espíritu divino se movía sobre las aguas del Abismo —Spiritus Domini ferebatur super aquas—, este espíritu invisible no podía ser al principio distinguido de la masa acuosa y se confundía con ella.
Y, en veladas pero sensatas palabras, que sugieren en susurros el conocimiento prohibido de la Puerta de la Vida y de la Muerte, hallamos en el tratado hermético Las Cuatro Alas del Mercurio unos párrafos que nuestros Hermanos en la Búsqueda nos agradecerán por la claridad manifiesta sobre la Piedra Angular:
El avanzado investigador deberá descender hasta el fondo de sus aguas corrosivas, para vivenciar su alterada composición y es allí donde, en el centro del profundo pozo negro, está el contenido alquímico de la Piedra Angular, que es divinizada por el Mercurio y oscurecida por el Caos.
[...] En el mismísimo centro de tu Caos debes fundir y transmutar, una a una las gruesas capas terrosas que impiden tu liberación, permitiendo que sea la propia Tierra, auxiliada por lo Superior, quien ponga orden dentro de sí. Desde un principio la Tierra fue creada desde Dios, pero fuera de Dios, aunque vivió y vive en Dios.
Pero desconocer y no aplicar este sagrado conocimiento —ars goth: argot o arte divino(2) puede acarrear severas dificultades al neófito. Nos referimos a que, carente del trabajo interior, la putrefacción alquímica del húmedo radical contenido y no sublimado, atrae mefíticas miasmas carentes de luz. Este reiterado hecho emanente de la mística y ascetismo riguroso, documentado en las tempranas hagiografías de los santos cristianos, fue analizado tanto por el erudito jesuita como por el ufólogo francés Aime Michel, quienes coincidieron en que la llana postura del suplicio físico o la conflagración de los “ardores emocionales,” produce fenómenos anómalos. En Story of St. Stanislaus Kostka, escrito por el padre Goldie, se nos refuerza la conexión del sufrimiento inconsciente con la putrefacción del orgón por carencia de sublimación:
Stanislaus era tan violentamente asaltado por el amor de nuestro Señor que, a consecuencia de ello, padecía desmayos y espasmos; se veía obligado a aplicar sobre su pecho lienzos mojados en agua fría para templar la violencia del amor que sentía.
Por supuesto que el párrafo citado, desprovisto de todo tinte religioso, sería visto como lo que fue: un ataque hiperdimensional de marcado trasfondo poltergeist. Siglos más tarde, durante 1880 Teresa Higginson, la maestra católica inglesa que había recibido los estigmas y las úlceras dactilares conocidas como desposorios o anillos de matrimonio místico, informaba a su director:
“Algunas veces acostrumbraba el demonio arrojarme completamente fuera de la cama, lanzar los objetos que estaban en el aposento, producir terribles ruidos, y yo temblaba en principio, que Miss Gallagher y la gente de casa pudiesen oirlos... Siempre que nuestro amado buen Dios aceptaba mis pobres oraciones en favor de los pobres pecadores, él, el demonio, se enfurecía, me golpeaba, arrastraba y casi me ahogaba... Solía hacerme golpear como he visto lo hacen los niños jugando unos con otros.”
El ojo entrenado no dudará ni por un momento en conectar estos estigmas y desposorios como la marca de propiedad de un eteriano con su fetiche humano. Parece que en particular la religión católica, con su marcada necesidad de pureza sexual —pero carente de técnica sublimatoria— ha sido la principal proveedora de ejemplares humanos sometidos a un ordeñe extático de distorsionada energía vital.

El otro grave riesgo que nuestra investigación nos ha develado consiste en la desequilibrada concentración del pervasivo agente celestial: el azufre de los filósofos, conocido en el daoísmo como el agente alquímico microcósmico externo, cuando el obrero apresurado se afane en intentar la obra breve, incrementando la velocidad en la ingesta del suministro externo y obteniendo una mezcla desproporcionada al no encontrarse en balance la mixtura con el agente alquímico microcósmico interno, suscitando así un compuesto hermético inestable, arrebatado y en extremo combustible; Fulcanelli nos previene:
Una advertencia semejante apenas se encuentra en los libros, en extremo sucintos, acerca de todo cuanto se refiere a la Obra Breve, pero que el adepto de Dampierre conocía tan perfectamente como Ripley, Basilio Valentín, Filaléteo, Alberto el Grande, Huginus à Barma, Cyliani o Naxágoras.
Sin embargo, y porque juzgamos útil prevenir al neófito, cometería un error si concluyera que tratamos de desalentarlo. Si desea arriesgarse en la aventura, que sea para él la prueba del fuego a la que debían someterse los futuros iniciados de Tebas y de Hermópolis, antes de recibir las sublimes enseñanzas. El brazo en llamas sobre el altar, ¿acaso no es un símbolo expresivo del sacrificio y de la renuncia que exige la ciencia? Todo se paga aquí abajo no con oro, sino con la dificultad y el sufrimiento, dejándose a menudo parte de uno mismo, y nunca podría pagarse demasiado cara la posesión del más pequeño secreto, de la verdad más ínfima. Si el aspirante, pues, se considera dotado de la fe y armado del coraje necesarios, le desearemos fraternalmente que salga sano y salvo de esta dura experiencia, la cual termina, lo más a menudo, con la explosión del crisol y la proyección del horno. Entonces, se podrá exclamar, como nuestro filósofo: ¡Feliz infortunio! Pues el accidente, obligando al aspirante a reflexionar sobre la equivocación cometida, le llevará a descubrir, sin duda, el medio de poder evitarla, así como el truco de la operación regular.
Pero a los fines de orientar claramente a nuestros bienamados buscadores de la Verdad, sin que por ello les exima de todos los peligros y eventuales tormentos en la consecución de la Gran Obra, nos permitimos sugerir el siguiente pasaje del renombrado maestro en que, con suma claridad, orienta al obrero hacia aquel sitio subterráneo donde yace la piedra angular que oculta la fuente y conecta las columnas gemelas, aquellos canales secretos que se erigen en esbelto ascenso, trepando hacia las regiones empíreas del templo:
Lo mismo que el alma humana tiene sus pliegues secretos, así la catedral tiene sus pasadizos ocultos. Su conjunto, que se extiende bajo el suelo de la iglesia, constituye la cripta (del griego κρύπτη «krýptē», oculto). En este lugar profundo, húmedo y frío, el observador experimenta una sensación singular y que le impone silencio: la sensación del poder unido a las tinieblas. Nos hallamos aquí en el refugio de los muertos, como en la basílica de Saint-Denis, necrópolis de los ilustres, como en las catacumbas romanas, cementerio de los cristianos. Losas de piedra; mausoleos de mármol; sepulcros; ruinas históricas, fragmentos del pasado. Un silencio lúgubre y pesado llena los espacios abovedados. Los mil ruidos del exterior, vanos ecos del mundo, no llegan hasta nosotros. ¿Iremos a parar a las cavernas de los cíclopes? ¿Estamos en el umbral de un infierno dantesco, o bajo las galerías subterráneas, tan acogedoras, tan hospitalarias, de los primeros mártires? Todo es misterio, angustia y temor, en este antro oscuro...

A nuestro alrededor, numerosas columnas, enormes, macizas, a veces gemelas, irguiéndose sobre sus bases anchas y cortadas en desigual. Capiteles cortos, poco salientes, sobrios, rechonchos. Formas rudas y gastadas, en que la elegancia y la riqueza ceden el sitio a la solidez. Músculos gruesos, contraídos por el esfuerzo, que se reparten, sin desfallecer, el peso formidable del edificio entero. Voluntad nocturna, muda, rígida, tensa en su resistencia perpetua al aplastamiento. Fuerza material que el constructor supo ordenar y distribuir, dando a todos estos miembros el aspecto arcaico de un rebaño de paquidermos fósiles, soldados unos a otros, combando sus dorsos huesudos, contrayendo sus vientres petrificados bajo el peso de una carga excesiva. Fuerza real, pero oculta, que se ejercita en secreto, que se desarrolla en la sombra, que actúa sin tregua en la profundidad de las construcciones subterráneas de la obra. Tal es la impresión que experimenta el visitante al recorrer las galerías de las criptas góticas.
La encumbrada pluma del maestro es discreta al describir la “bomba del sacro,” la “rueda hidraúlica” o el “fuelle de la fragua:” la velada región del perineo, ubicada en el centro yin corporal, que produce la separación del principio vital del húmedo radical en su ascendente órbita celeste; es a partir de esta fuerza real que se ejercita en secreto, por medio de la musculatura del bajo vientre, la arcana ciencia que se encarga de hacer girar la rueda del pozo para extraer los suministros energéticos y que, llegado el momento del nacimiento de nuestro filius philosophorum, transportará a través de los nadis la luz celestial que bañará el rosetón del palacio gótico.

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