sábado, 22 de abril de 2017

El templo interior: Jachin, Boaz y el pilar medio

No pasará desapercibido para el lúcido investigador que las logias masónicas poseen un entramado particular en el que se entreteje las ansias de poder, el mito y la leyenda; cualquier análisis elaborado debería integrar la altiva majestuosidad de sus inigualables catedrales góticas, el enconado trabajo dedicado a la filigrana de sus artesones y rosetones junto al rico conocimiento místico tras su dogma, aunque sin olvidar la férrea jerarquía del secreto en los recargados rituales de transición.

Los orígenes de la masonería están lejos de ser claros y precisos. Podríamos establecer varias fechas, un conjunto de geografías inconexas y acaso un puñado de historias que se enmarañan con las tradiciones bíblicas. Cada historiador consultado parece defender un punto de vista particular, a veces por pertenecer veladamente a la orden, y en otros casos, debido a su membresía en una secta rival. El iniciado Paul H. Koch —tal vez un portavoz del adeptado rosacruz de John Baines (Dario Salas Sommer),— en su libro Illuminati ofrece un entretenido racconto de las diferentes sectas que poblaron el pasado europeo y dieron forma al tablero político y geográfico de nuestro presente:
Dice la leyenda que grande fue la sabiduría del rey Salomón, pero más grande la de ciertos maestros cuyos nombres ignoran los mortales. Uno de ellos fue Hiram Abiff, el arquitecto del templo sagrado que mandó construir el propio Salomón en Jerusalén. Gérard de Nerval, el autor francés y francmasón del siglo XIX relató su historia con singular belleza. Comoquiera que la obra requería un auténtico enjambre de obreros, Hiram los organizó como un ejército, instituyendo una jerarquía de tres grados: aprendiz, compañero y maestro. Cada uno de ellos tenía sus propias funciones y su recompensa económica, y disponía de una serie de palabras, signos y toques para reconocer a los de su mismo grado. La única forma de subir de categoría era mediante la demostración del mérito personal.
No debiéramos descartar la carga simbólica del mítico arquitecto Hiram Abiff y el Templo Sagrado. En el estudio de la arquitectura de las catedrales góticas durante los siglos XI al XIII, encontramos bajo el diseño de la fachada a las dos columnas del templo salomónico: Jachin y Boaz, conectadas por el Arco Real, las respectivas representaciones de los sutiles canales Pingala e Ida y el cáliz sagrado (cráneo) del esoterismo de la Gran Obra, mientras que por encima del pórtico se alza el ventanal circular: el rosetón multicolor del imafronte, obra de singular belleza fruto de la antigua tradición sasánida del tallado vítreo e inusitada destreza en el arte de la filigrana pétrea, que nos conecta con el despertar del ojo interior: hito extraordinario de la Teofanía Mineral, que anuncia la naciente elucidación del oscuro y severo régimen inicial del nigredo; en el tratado de Alberto el Grande, El Compuesto de los Compuestos, leemos sobre el Régimen de la Piedra:
Hay cuatro regímenes de la Piedra: 1º descomponer; 2º lavar; 3º reducir; 4º fijar. En el primer régimen se separan las naturalezas, porque sin división, sin purificación, no puede haber conjunción. Durante el segundo régimen, los elementos separados son lavados, purificados y llevados al estado simple. En el tercero se cambia nuestro Azufre en cantera del Sol, de la Luna y de los otros metales. En el cuarto, todos los cuerpos anteriormente extraídos de nuestra Piedra son unidos, recompuestos y fijados, para permanecer en adelante formando un conjunto.
Jachin, Boaz unidos por el Arco Real
y el pilar medio custodiado por
dos querubines ígneos.
El ojo entrenado notará que el famoso compás y escuadra, que esconde la misma analogía con la estrella davidiana de seis puntas y podría entenderse como la unión armoniosa de lo femenino con lo masculino, es una asombrosa representación de la técnica del solve et coagula. En un primer momento ocurre la descomposición: se extrae la fuerza generativa haciendo uso de la bomba sacra desde el húmedo radical; surge entonces la ruta del fuego positivo, símbolo del ascenso ígneo a través del pilar solar derecho del templo interior: Jachin o Pingala donde atraviesa una etapa de ablución, elevando su frecuencia vibratoria al sublimarse junto al prana; el contacto de la lengua contra el paladar blando —la conexión del Vaso Gobernador con el de Función en la órbita microcósmica,— es la representación del Arco Real que une ambas columnas donde ocurre la reducción de los compuestos; por último, el descenso del fuego negativo a través del pilar lunar izquierdo: Boaz o Ida, asociado a la fase de fijación del compuesto, pues luego de otra ablución ígnea del ahora agente microcósmico interno, el resultado de la boda química se afinca en el dan-tien real inferior. La tercer columna o pilar medio, correspondiente al canal central Sushumna, sólo es visible al atravesar el umbral de las columnas y sortear los peligros del laberinto o tablero masónico, acertada efigie de la cambiante suerte que opera con dureza sobre el Obrero del Arte durante la aplicación del primer régimen mercurial. Fulcanelli comenta en Las Moradas Filosofales:
La mayoría de ellos se han contentado con describir de manera alegórica la unión del azufre y del mercurio, generadores de la piedra a la que llaman Sol y Luna, padre y madre filosóficos, fijo y volátil, agente y paciente, macho y hembra, águila y león, Apolo y Diana (que algunos convierten en Apolonio de Tiana), Gabritius y Beya, Urim y Tumim, las dos columnas del templo: Yakin y Bohas, el anciano y la joven virgen y, en fin, y de manera más exacta, el hermano y la hermana. Pues son, en realidad, hermano y hermana, ya que ambos tienen una madre común y deudores de la contrariedad de sus temperamentos antes de la diferencia de edad y de evolución que de lo divergente de sus afinidades.
La visión de Fulcanelli podría sospecharse algo sesgada si acaso tal vez formó parte, durante aquellas reuniones en el cabaret artístico del Chat-Noir, de las celebraciones de masonería internacional que, en sus propias palabras, disimulaban “confidencias de una ciencia misteriosa mezcladas con la oscura diplomacia, cuadro de doble cara expuesto a propósito en un marco medieval.(1) De aplicar este tamiz riguroso, quizá exagerado, evitaremos considerar las obras de Robert Lomas sobre el Colegio Invisible aunque tomaremos, con los cuidados del caso, la informativa y generosa Ars Magna Latomorum (Encyclopaedia of Freemasonry) de Arthur Waite.

La académica Frances Yates acaso nos provea de la visión más equilibrada al explicar los pormenores de la filosofía oculta durante la época isabelina. En los albores del renacimiento, y haciendo uso de nuestro análisis sobre el Balance y el Caos, podríamos situar a los jesuitas y masones en el polo del status-quo teócrata, defendiendo la monarquía y el papel anquilosante del clero, mientras que las sectas rosacruces y los punitivos illuminatis se ubican en la polaridad más liberal: la primera, en aparente búsqueda de una evolución acelerada de la humanidad (con ellos decidiendo a quién conviene traer a la luz o bien dejar en las sombras), y los segundos, para elaborar revoluciones y detonar guerras (junto a las respectivas ganancias del río revuelto). (2)

En este punto, coincidimos plenamente con Fulcanelli en diferenciar a los verdaderos rosacruces —aquellos Caballeros Solitarios: hermetistas tanto por su conocimiento, actitud y pericia, que laboran desde el anonimato y fuera de cualquier agrupación, honrando y enalteciendo el ejercicio del libre albedrío de la humanidad— de cualquier secta o institución que se señale como iniciadora.(3) Nunca está de más recordar las afirmaciones del ufólogo y astrofísico Allen Hynek cuando comenta en el libro del prestigioso Jacques Vallée Forbidden Science:
Siempre he admirado las tradiciones antiguas que sostienen que no existe algo así como una organización física de la orden rosacruz. La única orden rosacruz válida, sostienen, no se encuentra en este nivel de existencia. E insisten en que la iniciación verdadera, la única iluminación del espíritu que cuenta, no puede provenir de ningún maestro humano, sino únicamente de la naturaleza misma. Cuando lo leí, dejé de ser miembro del grupo de San José. Sigo preguntándome por la existencia de una comunidad Rosacruz genuina que permanece invisible.
Nuestra investigación avala con vehemencia la visión de Hynek, pues pareciera que a partir del siglo XV las sectas se corrompieron en un mecanismo para el reclutamiento de humanos con una acentuada cuota de confusión y necesidad dentro de sí mismos que, si bien puede variar en polaridad e intensidad, requirió siempre de la aceptación incondicional de tres elementos: el sometimiento a una jerarquía, la aquiescencia de rituales y la búsqueda de poder. Dada la distorsión en las dos primeras componentes, la búsqueda de poder en pocas oportunidades se orientó en enfocarse a lograr el dominio de sí mismo, renunciando de esta forma al camino del balance y de la verdadera emancipación, concentrándose en hallar y explotar las debilidades ajenas.

Pero queriendo evitar la generalización y que nuestras palabras para honradas excepciones sean injustamente malinterpretadas, deseamos indicar que la confusión interna que ha conducido a los atribulados individuos en la búsqueda de herramientas en estas sectas para su liberación —de ese vicio obsceno de conducta o aquella oculta falta pecaminosa e inmoral,— ha sido implantada precisamente por los mismos directores invisibles que rigen desde las sombras los destinos de la cofradía: aquellas entidades parasitarias a las que se les ha rendido la voluntad a través de los rituales y ceremonias. El fiel buscador de la Verdad debe considerar que dentro de las tácticas supinas de la manipulación hiperdimensional, la coerción infantil de un ser almado, junto al maltrato y la negligencia parental, han sido siempre una estratagema habitual con el que se persigue someter y reclutar a los individuos que encarnan con una misión.

Por tanto, comprendemos que la masonería, en particular la templaria, fue en un principio un gremio de artesanos y obreros (la etimología de la palabra masón nos lleva precisamente al término albañil u obrero de la piedra) que atesoraba entre sus técnicas operativas para la construcción, una disciplina esotérica que, aplicada con esmero y serenidad, trabajaba en un cambio interno sobre el propio individuo. El símbolo del compás —aun visible en la divisa de instituciones académicas de Arquitectura e Ingeniería— fue considerado entonces como el emblema de las ciencias exactas, puesto que la disciplina interna que operaba sobre el templo interior del artesano fue apreciada siempre como una ciencia positiva, libre de cualquier superstición o misticismo adulterado. La operación, lenta y morosa, pues nos recuerda el lema “Natura non facit saltus,” la Naturaleza nunca actúa bruscamente, extrae del burdo adoquín del vicio aquel oro coagulado de los sabios, por medio del delicado cincel del arte a través de un persistente régimen del solve et coagula.

Pero como en cualquier agrupación humana, esta Edad de Hierro del mundo impone desafíos a cada uno de sus integrantes, buscando el eslabón más débil e infiltrándose sutilmente, a la guisa de aquellos parásitos más ocultos que asaltan la mente subconsciente por el intersticio más disimulado. La ciencia positiva de la sublimación y depuración del templo interior fue corrompida y reemplazada con rituales y ceremonias, tal vez buscando un camino más diligente para obtener resultados y ventajas precipitadas, y como el dicho reza: “los atajos cortos suelen llevar a retrasos largos.” Sabemos bien que las entidades positivas no actuarán contra la Directiva Primaria del Libre Albedrío, por lo tanto, no acatarán un llamado mecánico, originado a través de un ritual y orientado a producir un cambio forzado en la Naturaleza a cambio de un negociado energético, pero quienes sí responderán serán aquellas entidades hambrientas que resuenan con el pedido egocéntrico del solicitante.

El brillante estudio de Yates sobre el Iluminismo Rosacruz nos explica que el dogma masónico —en principio las logias británicas y más tarde inyectado a toda Europa por medio de los viajes diplomáticos de John Dee, que se evidenciaron luego en la diseminación de los panfletos rosacruces,— fue influido por los trabajos en espiritismo de Dee junto a Edward Kelly y el material canalizado de la Kabbalah hebrea. Si se analiza en profundidad, tanto las Monas Hieroglyphica (El Jeroglífico Monádico) de Dee como el artefacto de la Kabbalah, pueden ser interpretados desde la óptica alquímica como la secuencia y el camino del balance en la aplicación de los regímenes de la obra. Pero carentes de integración y tomado el material al pie de la letra son un caldo de cultivo para la consecución de rituales ante entidades lo bastante egocéntricas como para tener una tarjeta de presentación con su nombre comercial y sigilo de invocación.

No es de extrañar que siglos más tarde, la Sociedad Vril alemana y su hermana británica: la Golden Dawn estuvieran tras bambalinas —según leemos en las obras de Koch— en la prosecución de las, hasta ahora, dos guerras mundiales (cap. La herencia de Weishaupt): (4)
«Fomentaremos tres guerras que implicarán al mundo entero.» La primera de ellas permitiría derrocar el poder de los zares en Rusia y transformar ese país en la fortaleza del «comunismo ateo» necesaria como antítesis de la sociedad occidental. Los agentes de la orden «provocarán divergencias entre los imperios británico y alemán, a la vez que la lucha entre el pangermanismo y el paneslavismo.» Un mundo agotado tras el conflicto no interferiría en el proceso constituyente de la «nueva Rusia,» que, una vez consolidada, sería utilizada para «destruir otros gobiernos y debilitar las religiones.»

El segundo conflicto se desataría aprovechando las diferencias entre los fascistas y los sionistas políticos. En primer lugar, se apoyaría a los regímenes europeos para que derivaran hacia dictaduras férreas que se opusieran a las democracias y provocaran una nueva convulsión mundial, cuyo fruto más importante sería «el establecimiento de un Estado soberano de Israel en Palestina,» que venía siendo reclamado desde tiempos inmemoriales por las comunidades judías, cuyos rezos en las sinagogas incluían siempre la famosa muletilla, «el año que viene, en Jerusalén,» expresando así el anhelo de reconstituir el antiguo reino de David. Además, esta nueva guerra permitiría consolidar una Internacional Comunista «lo suficientemente robusta para equipararse al conjunto cristiano.» Los Illuminati preveían que en ese momento podrían disponer así, por fin, de la ansiada antítesis.

La tercera y definitiva guerra se desataría a partir de los enfrentamientos entre sionistas políticos y dirigentes musulmanes. Este conflicto debía orientarse «de forma tal que el Islam y el sionismo político se destruyan mutuamente» y además obligara «a otras naciones a entrar en la lucha, hasta el punto de agorarse física, mental, espiritual y económicamente.»
Considérese que tanto Adam Weishaupt, futuro fundador de los Iluminados de Baviera, como su indirecto mentor Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, fueron individuos dotados de recursos intelectuales muy por encima de la media, acompañados de profundos anhelos místicos, pero con pasados de sesgo trágico. Bajo el marco hiperdimensional, es común la inyección de eventos traumáticos, en particular durante la infancia y adolescencia, a fin de erradicar o distorsionar una vida de servicio al prójimo. Recordemos para concluir el siguiente pasaje del Tratado de la Revolución de las Almas del prestigioso rabí Isaac Luria (traducción de la versión francesa original de Hayyim Vital: Traité des Révolutions des Âmes [Sepher Ha-Gilgulim], cap. I):
Esto nos hace pensar que un alma que pertenecía, en el estado de santidad, a un miembro grande y de orden elevado ha debido ser introducida en un miembro correspondiente del mundo de las cortezas. Esto es lo que parece significar la palabra del sabio que dice: “Aquel que es mayor que su vecino lleva también en él mayor concupiscencia que la que existe en el otro.” Pues, cuando un alma excelente es introducida en las cortezas, le es completamente difícil salir de ellas, puesto que el mal que la encierra es correlativamente enorme. A esto se refiere lo que se dice de hombres, no obstante excelentes, que no por ello cometieron menos pecados atroces y detestables, tales como Jeroboam, Acab, Manasés, y sus semejantes. Esto hay que recordar particularmente.
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miércoles, 22 de marzo de 2017

Dracomaquia: el primer régimen del mercurio de los sabios

La inusitada palabra harnelmiatznel en la enroscada semántica del prestigioso calvo enmostachado, podría convertirse en una útil brújula para el Obrero del Arte dado que esconde el arcano proceder que potencialmente le conducirá hacia la exoneración de la realidad entrópica. Puede que durante los primeros lavados ígneos que templan la superficie del atanor, los neófitos tengan permitido algún que otro titubeo en las proporciones del suministro y mixtura del compuesto hermético, pero llegado el momento de finalización del primer régimen del mercurio, será la noctívaga ebullición del húmedo radical el mecanismo urobórico que disciplinará cualquier opaca indulgencia en el moroso camino del adepto.

Aunque con cierta ironía, las crípticas bodas químicas de los rosacruces permitirán esclarecer entonces al pomposo término harnelmiatznel, esto es, “lo que está arriba se conecta con lo que está abajo y se une en el medio.” Si nuestros bienamados hermanos en la Búsqueda de la Verdad interpretan con cuidado, observarán que existe una fuente en la raíz misma de la vida que encierra nuestro oro filosófico —sin duda empobrecido por costras inmundas de abajados impulsos que usualmente conmoverán a su naturaleza inferior— pero capaz de, una vez atemperado y sublimado el fuego, participar en la unión alquímica con el invisible pero pervasivo agente celestial. ¿Ahora bien, cuál es este elemento externo requerido en la agricultura celeste? Gurdjieff en Relatos de Belcebú a su Nieto concluye:
En la actualidad existen muchos de esos monasterios, y los innumerables monjes que a ellos se retiran se abstienen rigurosamente de expulsar de la manera habitual la sustancia de los “Exioëharys eserales” o “esperma” que se forma en ellos, pero su continencia no da ningún resultado notorio y ello ocurre porque a esos desdichados monjes contemporáneos ni siquiera se les ha ocurrido pensar que si el perfeccionamiento de sí puede hacerse mediante esa sustancia, es con la condición inevitable de absorber intencional y conscientemente el segundo y el tercer alimento eserales y digerirlos en uno mismo, lo cual es posible sólo para quien previamente haya sabido habituar a todas las partes de su presencia a cumplir conscientemente con los dos sagrados “deberes eserales de Partkdolg,” que son el “trabajo consciente,” y el “sufrimiento voluntario.”
Rueda de la Fortuna en Duomo di Siena
dedicada a Nuestra Señora de la Asunción:
nótese bajo el estilo gótico, las dos columnas
de estilo masónico en su frontispicio (siglo XIII)
Este segundo elemento eseral corresponde en el taoísmo al agente alquímico microcósmico externo; es así que la comunión de lo terrestre con lo celeste logra un nuevo compuesto, más refinado y sutil, el cual debe ser almacenado y protegido. De no mediar esta unión, el individuo queda expuesto a la Rueda de la Fortuna: a los altos y bajos de la suerte o, de acuerdo a las explicaciones ufológicas modernas, a la extracción compulsiva de emociones; es decir, la reactividad incipiente en las vicisitudes terrenales generan sobre la humanidad dormida una distorsión energética por la falta de homeóstasis emocional, que sirve de alimento a las fuerzas arcónticas: aquellas garras ocultas que diseñan y desencadenan estos vaivenes a través del sistema de control hiperdimensional. La fluctuación e inestabilidad en los hechos cotidianos, actualmente conocida como manipulación hiperdimensional, puede oscilar de un régimen estacionario hacia un cambio abrupto en lo que se conoce como cosecha de loosh, fomentado a través de cataclismos o acontecimientos catastróficos, la mayoría de las veces provocados, aunque también son aprovechados los eventos apocalípticos naturales.

El secreto para exonerarse de la Rueda de la Ley o Sistema de Control es dar inicio a la primer boda química, consistente en la circulación del orgón (qi) que se extrae desde la fuerza generativa (jing) durante la mitad de la órbita microcósmica —denominada etapa solve— para su matrimonio con el segundo elemento eseral (prana) en la otra mitad de la órbita —conocida como etapa coagula— de manera de acumular dentro del campo del cinabrio el nuevo componente resultante: el agente alquímico microcósmico interno.

También conocido como Primer Régimen del Mercurio de los Sabios, este proceso fue un secreto bien guardado en las órdenes monásticas y herméticas; tal es así que en la alquimia medieval estaba relacionado con los velados términos “verbum dimissum” o “custodiat arcanum,” pues únicamente era brindado oralmente de maestro a discípulo en lo que se conocía como una ininterrumpida “catena aurea.” Las concisas palabras de nuestro muy estimado Fulcanelli en su obra Las Moradas Filosofales nos avala sin velos: “Y la diferenciación de estos dos mercurios, uno agente de renovación y el otro de procreación, constituye el estudio más ingrato que la ciencia haya reservado al neófito.” (1) El timón que ha guiado nuestra enconada investigación nos ha orientado en este aspecto, a través del cual hemos rastreado la existencia de dos escuelas de pensamiento originales en la alquimia interna que esclarecen los esotéricos procedimientos que coadyuvan en el régimen del solve et coagula y, aunque entendemos que bien puede haber una tercera, el procedimiento en la circulación del qi debiera esencialmente coincidir.

Este régimen, descripto también como la órbita microcósmica o pequeña revolución celeste, inicia su circulación en la región del abdomen inferior a través del trabajo interno de la “bomba del sacro,” de manera de extraer el orgón del húmedo radical en un trayecto levógiro, contrario al movimiento dextrógiro predeterminado por la biología del organismo. Debe comprenderse que los canales, suministros y compuestos resultantes no son visibles, revistiendo el carácter de materia no bariónica, de densidad etérea, y en el caso particular del prana, de una naturaleza aun más sutil. Sin embargo, promediando el avance del régimen, el novel artesano podrá tener un cabal indicio de la circulación a través de un incremento en la temperatura corporal durante el procedimiento.

De acuerdo a los tratados alquímicos sobre el infans solaris, en los que hallamos graciosas concordancias con el magisterio del daoísmo y del budismo, durante las etapas finales, la apertura de la visión interna permite observar con claridad los canales y vasos etéricos, aunado a las entidades inorgánicas que habitan la siguiente densidad. El desaparecido joven alquimista Nicholas Collette en su libro The Universal Medicine previene al respecto:
La razón por la cual sus visiones se vuelven cada vez más claras a medida que se adentran más profundamente en su meditación es porque se está cargando con la energía astral que el elixir ha almacenado en su sistema: espera para ser activado y dispuesto a utilizar a través de la habilidad del operador. No funcionará por sí mismo, sino que debe ser guiado por la mente, y es por eso que un hombre puede consumir tal elixir y no ganar nada, mientras que el otro tendrá su mente abierta a un mundo más allá de éste: El mundo del Espíritu.
Y si ese hombre no está suficientemente preparado, no podrá soportar el horror de lo que verán sus nuevos ojos. Porque mientras hay tantos seres celestiales hermosos que viven entre nuestro mundo y el de los espíritus descorporeizados, hay también demonios horribles que se vuelven cada vez más fuertes por el miedo que obtienen del hombre, y seguirán alimentándose de esa energía si no se sabe cómo recuperar el control de sus sentidos y erradicar el miedo para reemplazarlo sólo con valentía y fe en Dios.
En ese momento toda su aura estará iluminada con una luz blanca muy brillante [...], y esas entidades horribles huirán de la la luz deífica. Porque aunque parecen ser espíritus, de hecho están vivos, pero investidos en un cuerpo mucho menos denso y más sutil que nuestro propio marco físico. Y este aterrador hecho es el por qué la Piedra se llama la Piedra de los Sabios o Piedra Filosofal: se debe tener la mente para soportar las pruebas de la Naturaleza y de todos sus habitantes.
La escuela de pensamiento taoísta sostiene que en la disciplina nei-dan del QiGong (Chi-Kung), el orgón debe transitar por la espalda durante la etapa ascendente o de fuego positivo (orientación yang de la órbita), de manera que luego de atravesar el Canal de Control también denominado Vaso Gobernador, alcance el cerebro e inicie su etapa de descenso o fuego negativo (orientación yin de la órbita), progresando por el Canal de Función o Vaso de Concepción hasta arribar al dan-tien real inferior. En el imprescindible libro Yoga Taoísta (Taoist Yoga: Alchemy and Inmortality) del adepto Lu K'uan Yü, leemos:
Por tanto, estos ascensos positivos y descensos negativos se originan al inspirar y espirar. Cuando la fuerza generativa y vital comienza a vibrar hay que inspirar, para obstruir [mediante la bomba sacra] el mecanismo respiratorio (de manera que el aire baje y presione sobre el abdomen inferior); al mismo tiempo girando hacia arriba los ojos, hay que seguir el ascenso de la fuerza generativa y de la vitalidad desde la base de la cabeza a la coronilla.
En la espiración, se abre el mecanismo respiratorio para que el aire salga del cuerpo (y se relaje la presión sobre el bajo abdomen); al mismo tiempo, los ojos deben seguir el descenso de la fuerza generativa y de la vitalidad desde el vértice a la base. Por lo tanto, para completar una órbita, los ojos deben realizar un giro completo.
Los dos componentes que intervienen en el Primer Régimen del Mercurio: el orgón (qi) y el aire fresco (prana) parecen ser respectivamente dirigidos y controlados por medio del ejercicio de la bomba sacra del cóccix —también denominada fuelle de la fragua, ubicada en el centro yin del cuerpo: el perineo o Huiyin— y la dirección ocular orientada en desplazamientos circulares hacia los cuatro puntos cardinales. (2)
La órbita microcósmica y los canales de control y función, donde ocurre el proceso de sublimación (harnelmiatznel) del qi y el prana: A, G, D, J, son los cuatro puntos cardinales de la órbita; mientras que A—B, A—C, A—E, A—F, son las cuatro fases de ascenso de fuego positivo (yang) hacia el Canal de Control, los pasos G—H, G—I, G—K, G—L, consituyen las cuatro fases de descenso del fuego negativo (yin) hacia el Canal de Función, situado en M; el O central es la estufa filosofal. (3)
El movimiento acompasado y sincronizado durante la etapa ascendente solve o de fuego positivo, y posteriormente, en la etapa descendente coagula o de fuego negativo se efectúa coordinando la labor de los dos centros psíquicos: la región Terrestre del sacro (dan-tien inferior) y la región Celeste de los ojos (dan-tien superior) conjuntamente con un ritmo cadencioso del centro psíquico cardiorespiratorio (dan-tien medio), completando así una pequeña revolución celeste y almacenando el resultado del matrimonio alquímico en el campo del cinabrio o dan-tien real inferior. En el Tratado de Alquimia y Medicina Taoísta de Zhao Bichen (4) encontramos una aclaración adicional sobre el giro de la Rueda de la Ley: (5)
Tal es nuestro fuelle de fragua; es decir, la respiración del aliento verdadero. El cierre y la abertura son operados por la unión de la respiración externa y la respiración interna [a través de la bomba del cóccix]. El cierre es provocado por la inspiración: ésta envía el aliento verdadero que es la esencia, circula de Zi a Mao, después de progresivamente hasta Wu y Yu: a esto se le llama “hacer girar la Rueda de la Ley,” rueda que está constituida por los dos canales de función y de control. La abertura tiene lugar durante la espiración y es acompañada por un movimiento circular de los ojos: cuando se empieza a espirar, los ojos giran de la izquierda hacia la derecha, partiendo desde abajo (de Zi a Mao, después de Wu a Yu). La Rueda de la Ley hace progresar el Yang. Tales son las Revoluciones de la Rueda de la Ley en la abertura y en el cierre. Armonizadas con la respiración externa, hay abertura y cierre del fuelle de la fragua, esta es la razón por la que se habla de cuatro idas y venidas en las inspiraciones y de las espiraciones externas e internas.
El magisterio budista presenta una sutil diferencia con el daoísmo: la respiración embriónica del budismo consiste en utilizar la bomba del sacro de manera inversa a la aplicada en el taoísmo. Leemos en la esclarecedora obra del Dr. Yang Jwing-Ming, Respiración Embriónica: (6)
La «Respiración Abdominal Normal» (Zhen Fu Hu Xi) se conoce comúnmente como «Respiración Budista» (Fo Jia Hu Xi). Tras haber completado el entrenamiento mencionado en el punto 1. debe aprender a controlar sus músculos abdominales y coordinarlos con la respiración. Cuando inspira, la pared abdominal se expande y cuando espira, se retrae. Ha de practicar hasta que la respiración sea suave y el cuerpo esté completamente relajado. Como es natural, al comienzo tendrá que concentrarse mentalmente en el abdomen para poder controlar los músculos abdominales. Después de practicar durante algún tiempo, descubrirá que todo el proceso respiratorio se ha vuelto suave y natural. Esto significa que ya está preparado para producir Qi en el Dan Tien Inferior (Xia Dan Tian).
Cuando haya alcanzado este nivel, deberá dedicarse a coordinar su respiración con los movimientos de su Huiyin (región perineal). Cuando inspira, debe relajar el Huiyin, y cuando espira contraerlo. Recuerde que debe contraer suavemente el Huiyin sin llegar a tensarlo con el fin de que cuando lo contraiga sigan estando relajados; por el contrario, si lo tensa impedirá que circule el flujo del qi y además la tensión afectará también al abdomen y al estómago, lo que puede generar otros problemas. Al principio, como es evidente, necesitará concentrarse mentalmente para controlar los músculos del abdomen. Sin embargo, perseverando en la práctica su mente paulatinamente dejará de estar tan pendiente del proceso. Esto significa que se está regulando sin regular.
Pingala (ascendente: solar)
Ida (descendente: lunar),
Sushumna es la redoma
ventruda central
(7)
Por su parte, la escuela de pensamiento hindú concuerda en esencia con los requisitos iniciales del proceso de iluminación, no obstante, difiere en la ruta que tomará el orgón: en principio, utilizará el canal o nadi ascendente Pingala, que coincide con la fase solar o masculina (etapa solve) para luego descender a través del nadi Ida, siendo la fase lunar o femenina (etapa coagula). La analogía de los canales entre ambas escuelas conectaría al Pingala hindú con el canal de control Tu Mo taoísta, Ida con el canal de función Jen Mo y finalmente el nadi central Sushumna con el canal de impulsión Ch'ung Mo. En términos anatómicos, el taoísmo y budismo proponen que los canales se proyecten sobre el plano sagital: desde la espalda hacia el eje craneocaudal y luego por la frente hacia el abdomen; por su parte el hinduismo orienta estos canales como extendidos en el plano coronal. Aunque parezca contradictorio, si estos vasos y canales son sólo perceptibles con el desarrollo de la visión interna, probablemente al ser observados desde un panorama tetradimensional —accesible desde la cuarta densidad— se tome un origen de coordenadas arbitrario al intentar proyectarlos en las tres dimensiones habituales.

Curiosamente en los numerosos diagramas que ofrece el hinduísmo, los dos canales laterales no tienen una disposición lineal sino entrelazada, culminando ambos en el cráneo a la altura de las cejas. A diferencia de los tratados budistas y daoístas, la respiración interna promovida por el ejercicio de la “bomba sacra,” equivalente en el hinduismo al Mula Bandha, está acompañada de otras dos contracciones musculares: Jalandhara Bandha, a la altura de la garganta y Uddiyana Bandha en la región abdominal. Respecto a la primera, Olivia Cattedra y Maité Fernández de Bobadilla en su obra El Hatha Yoga en el Yoga informan (cap. VI, Teoría y práctica del Hatha Yoga):
La aplicación de Mula Bandha trata del ajuste/retracción perineal (piso pelviano) que conlleva también ajuste de la zonas glúteas y del abdomen. En este caso, el mula bandha está utilizado preponderantemente en relación al abhyantara kumbhaka (detención del aliento con pulmones llenos). El uso discreto de este bandha no solamente produce movimientos de energía pránica en las zonas específicas: sacro-pelviana y abdominal, sino que además es una técnica muy útil que favorece la correcta colocación de la columna sacro-lumbar, ampliando la zona dorsal y abriendo el tórax como consecuencia de ello.
Las dos conexiones importantes que podemos establecer a través del magisterio daoísta es que el incremento en la salivación por la disposición de la lengua —ya que la misma debe estar en contacto con el paladar blando de manera de unir los dos vasos principales: el gobernador y el de función— parece estar en relación con el Jalandhara Bandha; y por otro lado, la retención del aliento durante la retracción perineal, desencadena el harnelmiatznel, esto es, el proceso de sublimación en sí: mientras que la rota microcósmica tiene dos puntos de limpieza y ablución —los puntos cardinales Mao y Yu en medio de la inspiración y espiración respectivamente,— el abhyantara kumbhaka como técnica del pranayama, se concentra en el ápice del ciclo respiratorio.

Como corolario, el ojo entrenado habrá observado algo importante: tanto la Rota de la Fortuna (observando la disposición que nos brinda la imagen del Pantocrátor sentado en el ala central superior), como la órbita microcósmica y el enrutamiento que se realiza a través del pranayama hindú, la energía gira en el sentido levógiro, contrario a las agujas del reloj: es decir, de derecha a izquierda; siempre es el canal derecho el sentido ascendente y siempre es el canal izquierdo el sentido descendente.

En la siguiente entrega analizaremos los elementos restantes del procedimiento, pero en especial, las dificultades y riesgos que corre el Obrero del Arte durante el templado del atanor y los procesos para el atajo y regularización de los inconsistentes fuegos iniciales de la estufa filosofal; no por nada a esta etapa se la conoce como Nigredo.

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miércoles, 22 de febrero de 2017

La entrada abierta al palacio cerrado del soberano

La concepción, nutrición y entrenamiento del embrión áureo como camino de salida del confinamiento físico está lejos de ser una disciplina velada bajo el críptico término del infans solaris por la alquimia occidental. (1) Con la suficiente apertura mental es posible hallar referencias y fragmentos en libros sagrados de la mayoría de las culturas, si bien con frecuencia parecen erradicados de contexto, ya sea porque el traductor o el autor de la exégesis desconociera la profundidad del tema tratado; en Eclesiastés 12:6­7, un erudito libro tanto del Tanaj como del Antiguo Testamento, leemos:
“Antes que la cadena de plata se quiebre, y se rompa el cuenco de oro, y el cántaro se quiebre junto a la fuente, y la rueda sea rota sobre el pozo; y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.”
La paisaje geográfico del cuerpo
humano desde el Taoísmo: un
microcosmos que emula al macrocosmos.
En varias escuelas taoístas se presenta nuevamente esta curiosa analogía geográfica con el cuerpo humano: la idea de concebir el organismo como una población con sus diferentes accidentes topográficos y significativos enclaves, los cuales han de ser administrados por un sabio magistrado: el shen o supraconsciencia. Pero la única forma de lograr la armonía es derrocar al draconiano emperador que ha tiranizado la comarca, al haber tomado por asalto la fuente, origen de la abundancia y los suministros. Para ello, es necesario ejercitar la rueda del pozo: el diario y persistente trabajo interior, para hacer ascender al espíritu de manera que vuelva a Dios —parafraseando al respetado Filaléteo— hacia la entrada abierta al palacio cerrado del soberano. Las semejanzas de este pictórico relato con la rota microcósmica son llamativas, y no está alejado de los cuentos griálicos sobre la devastación de las tierras del soberano herido; en Los Custodios de la Verdad, de Tim Wallace-Murphy y Marilyn Hopkins, leemos:
Los romances originales del Grial incluyen claves codificadas para un sistema herético de creencias que contradecía el poder monolítico de la opresiva Iglesia de la época. El soberno del castillo del Grial, el Rey Pescador, está herido. Ya no sirve a su empobrecido reino con eficacia y, al igual que los usurpadores de las verdaderas enseñanzas de Jesús, los líderes de la Iglesia cristiana devastan las vidas espirituales de aquellos a los que afirman servir. Cuando alguien lo suficientemente puro como para ver el Grial restituya la salud del Rey Pescador, su deteriorado reino será restaurado. Cuando las verdaderas enseñanzas de Jesús triunfen sobre la codicia, la mentira, la hipocresia y la tergiversación, se pondrá de manifesto la realización del Cielo en la Tierra.
En un principio, las enseñanzas de Jesús parecen distar de las antípodas con el taoísmo secular. Sin embargo, el magisterio taoísta se ha nutrido del budismo, y muchas de las conclusiones y preceptos de los bodhisattvas o santos iluminados orientales parecen coincidir con las máximas cristianas. Las semejanzas históricas en el camino al esclarecimiento de Budha y Cristo son en extremo profusas como para que el ojo entrenado las ignore; similares analogías se presentan entre la doctrina gnóstica del catarismo (proviniente del griego «καθαρός» katharós: ‘puro’) y el movimiento judío esenio (del vocablo griego «ὅσιος» ossios: ‘santo’).

De observar los textos neotestamentarios desde la óptica oriental, el sacramento del bautismo cobra un sentido diferente al considerar respectivamente al Agua y al Fuego como el Mercurio coagulado y el Suministro celestial; leemos en Lucas 3:16: “Juan respondió, diciendo a todos: yo os bautizo con Agua; pero viene el que es más poderoso que yo; a quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él os bautizará con el Espíritu Santo y Fuego.” Richard Wilhelm en su exégesis al tratado chino del Libro de la Vida: El Secreto de la Flor de Oro, propone considerar la consagración del Embrión del Tao (el Hijo del Hombre) con el siguiente versículo de Juan 3:5: “Respondió Jesús: de cierto, de cierto te digo que el que no naciere de Agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.” Y hace también un interesante aporte distinguiendo los dos sentidos de rotación de la rueda:
  1. de manera predeterminada, ésta girará en sentido horario (rechtläufig) poniendo en relación a las dos almas que habitan el cuerpo humano: del centro intelectual (el ego conciente o animus) y del centro animal (subconciente o anima); las pasiones que asaltan al anima —la voluntad carente de discriminación— subyugarán al animus, forzando a que la inteligencia se ponga al servicio de los deseos; si el ego se somete a las pasiones del subconciente, entonces será drenado de la energía vital y, eventualmente de continuar su progreso involutivo, terminará como un kuei o fantasma hambriento, con la apremiante necesidad de robar la esencia vital a otros seres vivientes;
  2. en cambio, a través del giro retrógrado, cuando el animus obtiene la maestría de las energías del anima, se logra la liberación de la ilusión externa (el māyā hindú o, en palabras del brillante Robert Monroe: el sistema de vida terrestre). Las energías así recuperadas son internamente transportadas de manera ascendente en la órbita microcósmica que eventualmente culmina en el nacimiento de un centro vital independiente de la existencia corporal; esta es la formación del filius philosophorum, deus o shen: la supraconsciencia.
Es decir que la diferencia entre una entidad descorporeizada creativa (en balance) y otra entrópica (en caos) nace en la disciplina energética del aprovechamiento del suministro interno. Un shen pueden subsistir por tanto tiempo como la órbita microcósmica continúe en rotación, pero un kuei, en su estado famélico, sobrevivirá mientras consiga usurpar la energía ajena.

Esta es la razón por la cual tanto cátaros como esenios tenían al celibato en alta estima. Sabemos que los cátaros dividían dicho ejercicio en dos etapas: aquellos que ingresaban a su doctrina ya casados, continuaban manteniendo relaciones con su pareja a través del amor cortés, para eventualmente y en términos borgianos, definitivamente renunciar a la costumbre al adoptar el ascetismo de los perfecti. En el caso del esenismo, en el que repetidas veces se ha querido ver el germen del cristianismo,(2) a los individuos ingresantes se les exigía una vida humilde dedicada al estudio y disciplina, cuya base era la corrección fraterna mutua. Esta “corrección” se la ha visto más tarde en la práctica del Hesicasmo y por supuesto es la base de toda escuela del Cuarto Camino.

En el magisterio taoísta hallamos unas interesantes coincidencias, quizá vinculadas al hinduísmo, el cultivo del qi (chi) puede hacerse tanto a través del cultivo doble (en pareja) o simple; mientras que en la alquimia occidental hallamos la vía húmeda que se diferencia por su extensión en años con la vía seca, también denominada el camino del “arte sacerdotal.” El alquimista benedictino Basilio Valentín escribió en Las Doce Claves Filosóficas (3) al respecto:
El hombre sin mujer es mirado como un cuerpo separado en dos, y la mujer sin el hombre es lo mismo, es como si fuera un medio cuerpo, ya que nadie, particularmente, puede producir en sí mismo ningún fruto. Pero cuando viven unidos por el lazo conyugal, el cuerpo es perfecto y la evolución puede resultar de su semilla.
Desterrando la connotación explícita que aparentan las palabras del renombrado alquimista, deseamos esclarecer a través del siguiente pasaje brindado por el filósofo chileno Apiano León de Valiente, quien en su libro Las Cuatro Alas del Mercurio menciona:
Este segundo Adán fue arrancado de la Unidad original interior, y arrojado al mundo exterior de los pares de opuestos. Este segundo Adán está conformado por una parte femenina o cuerpo Mineral, o aspecto Lunar, Eva, y por otra parte masculina, Metálica, Solar o Adán propiamente tal. Como consecuencia del Big-Bang, ambas partes se trastocan, desordenando sus elementos y proporciones, de allí que esta materia posea su actual aspecto tosco y su actuar confuso. Ha cambiado su Cuerpo de Luz por una Larva Carnal.
Es decir, la concepción alquímica —y nuestros Hermanos en la Búsqueda de la Verdad nos permitirán sin duda añadir al gnosticismo, al catarismo, al esenismo y al cristianismo temprano: aquel profesado por los Padres del Desierto— entiende al Homo Sapiens como un soberano herido: su herida en el bajo vientre derrama energía vital hasta agotar la fuente. Allí el tirano atrabiliario —el complejo reptiliano o instalación foránea— retiene el control y sólo el Caballero del Grial, el Dracomante, puede a través de singular batalla: el ejercicio de la rueda del pozo u órbita microcósmica, retomar el control de los suministros energéticos del organismo.(4)

En el taoísmo, estos suministros se caratulan como Los Tres Tesoros (en chino tradicional: 三宝, San Bao) diferenciándose uno de otro por su frecuencia vibratoria (FRV); en el caso de una vida mundana sólo se tendrán disponibles dos de los tres tesoros: el jing (la apasionada fuerza generativa: la energía subconsciente del cuerpo orgánico o anima) y el qi (el suministro energético del conciente, ego o animus). Pero de retener y sublimar la energía sexual, surge una clase más sutil que provee de alimento al shen. Anteriormente, presentamos a los sacerdotes hawaianos o kahunas, quienes llamaban a esta tríada energética como maná, maná-maná y maná-loa respectivamente. Sólo esta última encumbrada forma de energía permite la concepción y nutrición del infans solaris. Gopi Krishna en su brillante libro Kundalini: the evolutionary energy in man concluye: (5)
A través del análisis de estos y otros hechos, poco a poco llegué a la conclusión de que, en virtud de los procesos evolutivos que ocurren en el cuerpo humano, descansará en los futuros investigadores confirmar o refutar que un centro consciente de alta potencia está siendo evolucionado por la naturaleza en el cerebro humano, en un lugar cerca de la coronilla, constituida por un tejido cerebral excepcionalmente sensible. La localización del centro permite que comande todas las otras partes del cerebro y del sistema nervioso de manera integral, con una conexión directa a los órganos reproductivos por medio del canal espinal.

En el hombre común, este centro embrionario se nutre del alimento nervioso presente en los fluidos seminales en una medida tan limitada que no interfiere con la función reproductora normal. Pero cuando está completamente desarrollado en individuos evolucionados, el centro está diseñado para reemplazar al centro consciente preexistente, utilizando para su actividad un combustible vital más poderoso extraído por las fibras nerviosas de los tejidos corporales en cantidades extremadamente diminutas recogidas y precipitadas a través del tubo espinal hacia el cerebro.
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