lunes, 22 de mayo de 2017

La Gran Obra: paralelismos entre sufismo y taoísmo (I)

Si se nos preguntase cuál es la principal característica que comparten el sufismo y el taoísmo nuestra respuesta, sin excesivos rodeos, indicaría en que ambos consideran al humano como un ser incompleto: en el cuerpo de un adulto, la personalidad mundana quizá haya logrado cierta maduración psicológica, pero la esencia permanece todavía en su estado embrionario. Sólo una disciplina férrea pero astutamente ejercida puede iniciar el desarrollo moroso para concretar la primer iluminación de la Gran Obra.

Aquellos que conozcan el tratado sobre El Cuarto Camino, explicado por el matemático P. D. Ouspensky en base a las enseñanzas de G. I. Gurdjieff, no se sorprenderán cuando se tilde de máquina al ser humano promedio. Si se nos permite introducir las teorías gnósticas y ufológicas, el Hombre Edénico era libre hasta que cortó su conexión con el Ser Esencial, (1) lo que le convirtió en un robot: un instrumento manipulado genética y psicológicamente por supinos intereses, cuya finalidad cósmica consiste en procesar recursos orgánicos para producir un refinamiento energético con que alimenta veladamente a la siguiente densidad: sus pasiones y emociones negativas producen el caldo gordo con que nutre al arcontado etérico.

Según el sufismo —del que emana la disciplina del Cuarto Camino,— el hombre es un ser hipnotizado: una máquina orgánica que posee cuatro centros que trabajan torpemente debido a la ignorancia de su poseedor. Cada centro requiere una clase particular de energía, pero con el excesivo consumo o derroche durante la vida mundana, los núcleos psíquicos se roban la energía entre sí, llevando a cabo tareas incorrectas y de manera ineficiente. Hemos visto anteriormente una división similar de los tipos de energía tanto en el saber secreto de los kahunas como en los Tres Tesoros del magisterio daoísta; Ouspensky señala:
Cada centro está adaptado para trabajar con cierto género de energía, y recibe exactamente la que necesita; pero todos los centros se roban uno al otro, y, de ese modo, un centro que necesita un género superior de energía es reducido a trabajar con un género inferior, o un centro adaptado para trabajar con una energía menos potente usa una energía más potente, más explosiva. He aquí cómo trabaja la máquina en la actualidad. Imagínese varios hornos: uno tiene que trabajar con petróleo crudo, otro con madera, y un tercero con gasolina. Suponga que al diseñado para madera, se le da gasolina: no pueden esperarse sino explosiones. Y luego imagínese un horno diseñado para gasolina, y verá que no puede trabajar apropiadamente con madera o carbón.
Esta idea de los hornos luego se la verá en el taoísmo y, por supuesto, es un concepto clave dentro de la alquimia occidental, donde los regímenes del mercurio hacen ascender el fuego secreto de los sabios a través de los distintos centros psíquicos hasta alcanzar el ápice del palacio celestial, donde la sublime roseta se iluminará a través de la gracia divina del esclarecimiento. Pero el sistema del Cuarto Camino, y en especial Gurdjieff, son críticos al advertir sobre los intentos de iluminación sin haber transitado las fases de depuración instintiva, emocional e intelectual: (2)
Si el conocimiento se desarrolla más allá del ser, el resultado será un “Yogui débil,” un hombre que lo sabe todo y no puede hacer nada. Si el ser se desarrolla más allá del conocimiento, el resultado es un “santo estúpido,” un hombre que puede hacerlo todo y no sabe qué hacer.
Una de las premisas iniciales de esta disciplina resulta en clasificar a la personalidad según su inclinación natural hacia uno de los núcleos psíquicos, en hombre 1, 2 ó 3. El primero, el camino del faquir, se enfocará en sus centros psíquicos inferiores: el motriz e instintivo, mientras que el segundo, el camino del monje, lo hará sobre su centro medio emocional; por último, el camino del yogui, evoluciona a través del centro superior intelectual. Ninguno es mejor que otro y cada camino tiene su propia dificultad inherente. El Cuarto Camino, a diferencia de los caminos singulares, propone dos momentos durante le etapa inicial: la observación, es decir, un trabajo minucioso de relevamiento del funcionamiento de la máquina humana y luego la fase de aplicación multidisciplinar, orientada al trabajo sobre todos los centros de manera simultánea: (3)
El yogui llega a alcanzar “la cuarta habitación” al desarrollar su intelecto, pero su cuerpo y sus emociones quedan sin desarrollarse y, como el faquir y el monje, es incapaz de sacar partido de su victoria. Lo sabe todo pero no puede hacer nada. Para ser capaz de hacer debe conquistar el dominio sobre su cuerpo, sobre sus emociones, es decir sobre la primera y la segunda habitación. Para lograr esto, le es necesario comenzar a trabajar de nuevo, y no obtendrá resultados sin esfuerzos prolongados. En este caso, sin embargo, él tiene la ventaja de comprender su posición, de conocer lo que le falta, lo que debe hacer, y la dirección que debe seguir. Pero, así como en el camino del faquir o del monje, también en el del yogui son muy escasos los que adquieren tal conocimiento, es decir, obtienen el nivel en el que un hombre puede saber a dónde va. La mayoría se detiene en un cierto grado de desarrollo y no va más lejos.
La tarea hercúlea, enteramente propia y personal, de mantener una continua observación de sí, evitando la identificación y aboliendo la expresión de las emociones negativas (y esto implica disminuir los aportes de loosh), convierte lentamente al aspirante del trabajo esotérico en un Hombre 4, es decir, en un Iniciado, pues para toda escuela valedera del Cuarto Camino, la iniciación no es otra cosa que lisa y llana labor propia.

Entendemos que para el aspirante será de suma utilidad asociar la identificación con el malgasto de hidrógenos sutiles al forzar la rueda del pozo en sentido horario (rechtläufig), es decir, cuando las pulsiones del subconsciente se enmascaren dentro del centro emocional y sean entonces las propias emociones las que conmuevan y arrastren al centro intelectual a la consecución de actos abyectos, miserables y aun estúpidos. Resultará provechoso para el ojo entrenado considerar el relato de la Caída Edénica, ponderando a Adán como el Centro Intelectual, a Eva como el Centro Emocional y a la Serpiente como las fuerzas arcónticas que incitan mediante las pulsiones subconscientes a la indulgencia hacia actos impulsivos, egocéntricos y que en retrospectiva se observan como detrimentales. Asumir un papel conciente, tomando distancia para evaluar de manera crítica los propios actos, será la forma de recuperar las riendas de la situación, y se constatará entonces que la observación de sí es asumir el arquetipo deífico de la narración bíblica; de esta manera y poco a poco se logrará la liberación de la tiránica identificación con uno o determinados yoes, lo que decanta en que la rueda del pozo suministre los hidrógenos sutiles al centro intelectual.

Esta etapa de transmutación emocional coincide de alguna manera con el régimen del Nigredo alquímico, siendo el momento de mayor vulnerabilidad de la Obra pues el individuo toma real consciencia de su situación de desamparo cósmico dado que “el hombre nada puede hacer, sino que todo le sucede, estando sujeto a la Ley del Accidente.” Aquí el ojo entrenado sin duda conectará la teoría del Sistema de Control Hiperdimensional, pues si observamos la décima carta del Tarot: La Rueda de la Fortuna, representando la Eternidad, sin principio ni fin —en términos orientales, el ciclo incontrolable del nacimiento y muerte,— quien preside la rueda es visto con una apariencia dracomonoide, símbolo universal de aquellos que detentan el poder.

La parábola del carruaje: el Amo, el Cochero
y los egos o agregados psicológicos
Sin duda, una de las visiones más generalizadas en las sectas masónicas, rosacruces y neognósticas —que hacen uso y abuso de la disciplina del Cuarto Camino sin siquiera mencionar sus orígenes y atribuyéndose el mérito de sus enseñanzas— sea la analogía del cochero y la carroza, que Ouspensky menciona con la metáfora del sub-mayordomo. Esta idea surge casi sin diferencias de su par en Oriente y esotéricamente consiste en que, promediando el trabajo de la estricta observancia mental y recuerdo de sí para morigerar la imaginación y la expresión de emociones negativas, se logra cierta fusión de los egos disociados y que se fortalece con el nacimiento de un nuevo centro magnético permanente; en este momento clave, se eleva el estado de consciencia del individuo y se extiende su funcionalidad mental: a partir de este momento, se logra el nivel de un Hombre 5:
Lo que era el centro magnético antes que [...] se encontrara con [este sistema de enseñanza] puede convertirse después en el sub-mayordomo, el cual significa una personalidad que vence a las otras personalidades y las conduce, pero eso no ocurre de repente. El sub-mayordomo es mucho mayor que el centro magnético. El centro magnético se forma a partir de las influencias B, mientras el sub-mayordomo se forma a partir de los propios esfuerzos. El centro magnético es la semilla, el germen del sub-mayordomo.
El sub-mayordomo es el resultado final de la “fricción” entre la personalidad terrena y la esencia celestial. ¿Pero cómo se observa esta “fricción?” Los yoes o egos de la personalidad simbolizan los caballos en la analogía de la carroza; será común hallar algún corcel que toma los bríos ante una situación desencadenante. Esta pulsión responde a un mecanismo de protección, generalmente cuando se detecta alguna amenaza o una injusticia que avasalla imprevistamente al centro intelectual, puesto que este centro tiene un tiempo de reacción mayor que el emocional: esencialmente, se trata de una respuesta mecánica y reactiva, carente de una ponderación inteligente. Cuando el sub-mayordomo comienza a aparecer con mayor duración y frecuencia, el corcel guía intentará retomar el control a la fuerza. Los aspectos fisiológicos serán cuadros de angustia y ansiedad junto a súbitos picos de presión y marcada taquicardia; la “fricción” provocará sin duda un incremento de loosh, no obstante, es posible sublimar desde este exceso energético y alimentar al centro magnético incipiente: es aquí cuando las riendas conscientes deben ser tensadas y la principal herramienta será la respiración. El encabritado corcel puede ser disciplinado con la aplicación de una respiración que balancee el desequilibrio que provoca la pulsión subconsciente. La aparición autónoma de esta “penitencia” aplicada al suministro del segundo elemento eseral para morigerar y subordinar al subconsciente será la clara evidencia del sub-mayordomo, quien se orienta a la consecución de los objetivos de la esencia, y con el tiempo y del esfuerzo surgirá el amo o maestro, es decir, la supraconsciencia en “la cuarta habitación.”

Peregrinación hacia el Oeste
Así tendremos el cuadro completo: la carroza motriz e instintiva, los caballos del núcleo emocional, el cochero o sub-mayordomo del centro intelectual y el amo o maestro que indica el verdadero camino. La versión daoísta la vemos reflejada en el famoso cuento chino Peregrinación hacia el Oeste, donde se aprecia a los personajes emparejados según los distintos centros psíquicos: el instintivo del Cerdo, la personalidad que piensa y siente del Mono y el Escudero orientado a servir al centro esencial del Maestro.

La llegada del Maestro: la evolución hacia la adultez de la esencia embrionaria que en el taoísmo y budismo se conoce como el embrión sagrado y en la alquimia occidental como el infans solaris, permite la emancipación total de la Rueda de la Fortuna o Sistema de Control. En ambos magisterios se consideran que una vez “nacido,” es decir, lograda la primer iluminación, es necesaria más de una docena de años —tres de cuidados o “labor de mujeres” y nueve de educación o “juego de niños”— para lograr los poderes divinos o taumatúrgicos; el historiador del arte Jörg Völlnagel comenta:
Los topoi «labor de mujeres» y «juego de niños» son fundamentales para la alquimia y eran conocidos ya por los herméticos alejandrinos. Igual que la alegoría del juego de niños, la de la tarea de mujeres aparece en numerosos tratados alquímicos y se interpreta de distintas maneras. Esta imagen, que ilustra el pasaje correspondiente del Splendor Solis, simboliza las operaciones alquímicas de sublimación y destilación. Mediante la sublimación se logra el estado de blancura perfecta, el penúltimo estadio de la obra, por lo que este arte se compara con la labor de mujeres, como indica el texto: «Por lo cual comparan este arte con el trabajo de las mujeres, esto es lavarlo hasta dejarlo blanco, cocerlo y asarlo hasta que esté listo.» Salmon ve la tarea de las mujeres como metáfora para la creación de la piedra filosofal, que debería ser cuidada por el alquimista de la misma manera que una madre cuida y alimenta a su hijo recién nacido. En la representación pictórica de la labor de mujeres, de la que el Splendor Solis es el ejemplo más antiguo conocido, se transpone principalmente el aspecto del albedo, la fase blanca, que se logra mediante la cocción o la destilación de la materia.
Esta creación de la piedra filosofal o nacimiento del filius philosophorum, que el alquimista francés Eugène Léon Canseliet, discípulo de nuestro respetado Fulcanelli, denominó magistralmente en los prólogos de las obras de su maestro como la teofanía mineral, implica una clase de muerte para el cuerpo físico. Biológicamente, el despertar de kundalini —y esto es, establecer la conexión de lo inferior con lo superior,— requiere de una enorme cantidad de energía refinada. (4) El vaciado de los meridianos extraordinarios —los acumuladores orgánicos del sistema energético sutil— es el costo de dar inicio a los centros psíquicos elevados del supraconsciente, y conllevan un eventual arrebato del estado vigílico y al mismo tiempo origina una trascendental experiencia en las densidades superiores. Jesús dice en Juan 3:3en verdad te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el Reino de Dios,” y Filaléteo lo postula como “matar al vivo a fin de resucitar al muerto.”

El ojo entrenado seguramente podrá, y sin excesivo esfuerzo, comprender que el resucitamiento de Lázaro de la literatura bíblica neotestamentaria por parte de nuestro amado Redentor, evoca en realidad un proceso usual del taoísmo, cuando un maestro asiste al adepto luego del shock nervioso y estado comatoso provocado por la subordinación de los centros psíquicos inferiores al nuevo centro supraconsciente a través del canal Sushumna y que provoca la apertura de la visión interna: aquel famoso espejo del reino del azufre que evocaba el alquimista Alexander Seton, el Cosmopolita.

Los restantes años del proceso evolutivo interior parecen coincidir con el recorrido e integración de los planos o densidades de consciencia. En la obra del catedrático japonés Toshihiko Izutsu, Sufismo y taoísmo: estudio comparativo de conceptos filosóficos clave, se puede establecer una equivalencia entre los distintos planos que lograr intergrar el ser o «ipseidad» durante el desarrollo evolutivo que atraviesa el nivel de consciencia del Maestro interno:
Para esclarecer este punto, hay que mencionar la concepción ontológica característica de Ibn 'Arabi y su escuela respecto a los «cinco planos del Ser.» Al-Qāsāni explica sucintamente la estructura de dichos «planos» (hadarāt) de la siguiente manera. En la cosmovisión sufí, se distinguen cinco «mundos» ('awālim) o cinco planos básicos del Ser, representando cada uno de ellos una Presencia o modo ontológico de la Realidad absoluta en su manifestación.
  1. El plano de la Esencia (dāt), el mundo de la absoluta ausencia de manifestación (al-gayb al-mutlaq) o el Misterio de Misterios. 
  2. El plano de los Atributos y Nombres, la Presencia de la Divinidad (ulūhiyya).
  3. El plano de las Acciones, la Presencia del Señorío (rubiubiyya).
  4. El plano de las Imágenes (amtāl) y la Imaginación (jayāl).
  5. El plano de los sentidos y la experiencia sensible (musāhada).
Estos cinco planos constituyen un conjunto orgánico, actuando las cosas de un plano inferior como símbolos o imágenes de las cosas de los planos superiores. De este modo, según al-Qāsāni, cada cosa perteneciente al plano de la realidad corriente (que, de todas las Presencias divinas, es la inferior) es una ejemplificación simbólica (mitāl) de algo existente en el plano de las Imágenes, y cada cosa perteneciente al mundo de las Imágenes es una forma que refleja un estado de cosas en el plano de los Nombre divinos y de los Atributos divinos, mientras que todo Atributo, a su vez, es un aspecto de la Esencia divina en su acto de manifestación.
Si cruzamos estos planos del Ser con el modelo provisto por las canalizaciones Cassiopaea y la nomenclatura esotérica rosacruz, la correspondencia es prácticamente directa si se entiende que el plano musāhada de la experiencia sensible representa el plano físico (las tres densidades físicas de la realidad terrenal tridimensional):

Región Plano del Ser sufista Densidad de consciencia Concepción taoísta
Absoluta Esencial (dāt) Séptima Tao
Divina Divinidad (ulūhiyya) Sexta Inmortales celestiales
Espiritual Señorío (rubiubiyya) Quinta Inmortales espirituales
Etérica Imaginación (jayāl) Cuarta Inmortales/fantasmas terrenales
Física Sensible (musāhada) Tercera Mortales terrenales


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