sábado, 22 de abril de 2017

El templo interior: Jachin, Boaz y el pilar medio

No pasará desapercibido para el lúcido investigador que las logias masónicas poseen un entramado particular en el que se entreteje las ansias de poder, el mito y la leyenda; cualquier análisis elaborado debería integrar la altiva majestuosidad de sus inigualables catedrales góticas, el enconado trabajo dedicado a la filigrana de sus artesones y rosetones junto al rico conocimiento místico tras su dogma, aunque sin olvidar la férrea jerarquía del secreto en los recargados rituales de transición.

Los orígenes de la masonería están lejos de ser claros y precisos. Podríamos establecer varias fechas, un conjunto de geografías inconexas y acaso un puñado de historias que se enmarañan con las tradiciones bíblicas. Cada historiador consultado parece defender un punto de vista particular, a veces por pertenecer veladamente a la orden, y en otros casos, debido a su membresía en una secta rival. El iniciado Paul H. Koch —tal vez un portavoz del adeptado rosacruz de John Baines (Dario Salas Sommer),— en su libro Illuminati ofrece un entretenido racconto de las diferentes sectas que poblaron el pasado europeo y dieron forma al tablero político y geográfico de nuestro presente:
Dice la leyenda que grande fue la sabiduría del rey Salomón, pero más grande la de ciertos maestros cuyos nombres ignoran los mortales. Uno de ellos fue Hiram Abiff, el arquitecto del templo sagrado que mandó construir el propio Salomón en Jerusalén. Gérard de Nerval, el autor francés y francmasón del siglo XIX relató su historia con singular belleza. Comoquiera que la obra requería un auténtico enjambre de obreros, Hiram los organizó como un ejército, instituyendo una jerarquía de tres grados: aprendiz, compañero y maestro. Cada uno de ellos tenía sus propias funciones y su recompensa económica, y disponía de una serie de palabras, signos y toques para reconocer a los de su mismo grado. La única forma de subir de categoría era mediante la demostración del mérito personal.
No debiéramos descartar la carga simbólica del mítico arquitecto Hiram Abiff y el Templo Sagrado. En el estudio de la arquitectura de las catedrales góticas durante los siglos XI al XIII, encontramos bajo el diseño de la fachada a las dos columnas del templo salomónico: Jachin y Boaz, conectadas por el Arco Real, las respectivas representaciones de los sutiles canales Pingala e Ida y el cáliz sagrado (cráneo) del esoterismo de la Gran Obra, mientras que por encima del pórtico se alza el ventanal circular: el rosetón multicolor del imafronte, obra de singular belleza fruto de la antigua tradición sasánida del tallado vítreo e inusitada destreza en el arte de la filigrana pétrea, que nos conecta con el despertar del ojo interior: hito extraordinario de la Teofanía Mineral, que anuncia la naciente elucidación del oscuro y severo régimen inicial del nigredo; en el tratado de Alberto el Grande, El Compuesto de los Compuestos, leemos sobre el Régimen de la Piedra:
Hay cuatro regímenes de la Piedra: 1º descomponer; 2º lavar; 3º reducir; 4º fijar. En el primer régimen se separan las naturalezas, porque sin división, sin purificación, no puede haber conjunción. Durante el segundo régimen, los elementos separados son lavados, purificados y llevados al estado simple. En el tercero se cambia nuestro Azufre en cantera del Sol, de la Luna y de los otros metales. En el cuarto, todos los cuerpos anteriormente extraídos de nuestra Piedra son unidos, recompuestos y fijados, para permanecer en adelante formando un conjunto.
Jachin, Boaz unidos por el Arco Real
y el pilar medio custodiado por
dos querubines ígneos.
El ojo entrenado notará que el famoso compás y escuadra, que esconde la misma analogía con la estrella davidiana de seis puntas y podría entenderse como la unión armoniosa de lo femenino con lo masculino, es una asombrosa representación de la técnica del solve et coagula. En un primer momento ocurre la descomposición: se extrae la fuerza generativa haciendo uso de la bomba sacra desde el húmedo radical; surge entonces la ruta del fuego positivo, símbolo del ascenso ígneo a través del pilar solar derecho del templo interior: Jachin o Pingala donde atraviesa una etapa de ablución, elevando su frecuencia vibratoria al sublimarse junto al prana; el contacto de la lengua contra el paladar blando —la conexión del Vaso Gobernador con el de Función en la órbita microcósmica,— es la representación del Arco Real que une ambas columnas donde ocurre la reducción de los compuestos; por último, el descenso del fuego negativo a través del pilar lunar izquierdo: Boaz o Ida, asociado a la fase de fijación del compuesto, pues luego de otra ablución ígnea del ahora agente microcósmico interno, el resultado de la boda química se afinca en el dan-tien real inferior. La tercer columna o pilar medio, correspondiente al canal central Sushumna, sólo es visible al atravesar el umbral de las columnas y sortear los peligros del laberinto o tablero masónico, acertada efigie de la cambiante suerte que opera con dureza sobre el Obrero del Arte durante la aplicación del primer régimen mercurial. Fulcanelli comenta en Las Moradas Filosofales:
La mayoría de ellos se han contentado con describir de manera alegórica la unión del azufre y del mercurio, generadores de la piedra a la que llaman Sol y Luna, padre y madre filosóficos, fijo y volátil, agente y paciente, macho y hembra, águila y león, Apolo y Diana (que algunos convierten en Apolonio de Tiana), Gabritius y Beya, Urim y Tumim, las dos columnas del templo: Yakin y Bohas, el anciano y la joven virgen y, en fin, y de manera más exacta, el hermano y la hermana. Pues son, en realidad, hermano y hermana, ya que ambos tienen una madre común y deudores de la contrariedad de sus temperamentos antes de la diferencia de edad y de evolución que de lo divergente de sus afinidades.
La visión de Fulcanelli podría sospecharse algo sesgada si acaso tal vez formó parte, durante aquellas reuniones en el cabaret artístico del Chat-Noir, de las celebraciones de masonería internacional que, en sus propias palabras, disimulaban “confidencias de una ciencia misteriosa mezcladas con la oscura diplomacia, cuadro de doble cara expuesto a propósito en un marco medieval.(1) De aplicar este tamiz riguroso, quizá exagerado, evitaremos considerar las obras de Robert Lomas sobre el Colegio Invisible aunque tomaremos, con los cuidados del caso, la informativa y generosa Ars Magna Latomorum (Encyclopaedia of Freemasonry) de Arthur Waite.

La académica Frances Yates acaso nos provea de la visión más equilibrada al explicar los pormenores de la filosofía oculta durante la época isabelina. En los albores del renacimiento, y haciendo uso de nuestro análisis sobre el Balance y el Caos, podríamos situar a los jesuitas y masones en el polo del status-quo teócrata, defendiendo la monarquía y el papel anquilosante del clero, mientras que las sectas rosacruces y los punitivos illuminatis se ubican en la polaridad más liberal: la primera, en aparente búsqueda de una evolución acelerada de la humanidad (con ellos decidiendo a quién conviene traer a la luz o bien dejar en las sombras), y los segundos, para elaborar revoluciones y detonar guerras (junto a las respectivas ganancias del río revuelto). (2)

En este punto, coincidimos plenamente con Fulcanelli en diferenciar a los verdaderos rosacruces —aquellos Caballeros Solitarios: hermetistas tanto por su conocimiento, actitud y pericia, que laboran desde el anonimato y fuera de cualquier agrupación, honrando y enalteciendo el ejercicio del libre albedrío de la humanidad— de cualquier secta o institución que se señale como iniciadora.(3) Nunca está de más recordar las afirmaciones del ufólogo y astrofísico Allen Hynek cuando comenta en el libro del prestigioso Jacques Vallée Forbidden Science:
Siempre he admirado las tradiciones antiguas que sostienen que no existe algo así como una organización física de la orden rosacruz. La única orden rosacruz válida, sostienen, no se encuentra en este nivel de existencia. E insisten en que la iniciación verdadera, la única iluminación del espíritu que cuenta, no puede provenir de ningún maestro humano, sino únicamente de la naturaleza misma. Cuando lo leí, dejé de ser miembro del grupo de San José. Sigo preguntándome por la existencia de una comunidad Rosacruz genuina que permanece invisible.
Nuestra investigación avala con vehemencia la visión de Hynek, pues pareciera que a partir del siglo XV las sectas se corrompieron en un mecanismo para el reclutamiento de humanos con una acentuada cuota de confusión y necesidad dentro de sí mismos que, si bien puede variar en polaridad e intensidad, requirió siempre de la aceptación incondicional de tres elementos: el sometimiento a una jerarquía, la aquiescencia de rituales y la búsqueda de poder. Dada la distorsión en las dos primeras componentes, la búsqueda de poder en pocas oportunidades se orientó en enfocarse a lograr el dominio de sí mismo, renunciando de esta forma al camino del balance y de la verdadera emancipación, concentrándose en hallar y explotar las debilidades ajenas.

Pero queriendo evitar la generalización y que nuestras palabras para honradas excepciones sean injustamente malinterpretadas, deseamos indicar que la confusión interna que ha conducido a los atribulados individuos en la búsqueda de herramientas en estas sectas para su liberación —de ese vicio obsceno de conducta o aquella oculta falta pecaminosa e inmoral,— ha sido implantada precisamente por los mismos directores invisibles que rigen desde las sombras los destinos de la cofradía: aquellas entidades parasitarias a las que se les ha rendido la voluntad a través de los rituales y ceremonias. El fiel buscador de la Verdad debe considerar que dentro de las tácticas supinas de la manipulación hiperdimensional, la coerción infantil de un ser almado, junto al maltrato y la negligencia parental, han sido siempre una estratagema habitual con el que se persigue someter y reclutar a los individuos que encarnan con una misión.

Por tanto, comprendemos que la masonería, en particular la templaria, fue en un principio un gremio de artesanos y obreros (la etimología de la palabra masón nos lleva precisamente al término albañil u obrero de la piedra) que atesoraba entre sus técnicas operativas para la construcción, una disciplina esotérica que, aplicada con esmero y serenidad, trabajaba en un cambio interno sobre el propio individuo. El símbolo del compás —aun visible en la divisa de instituciones académicas de Arquitectura e Ingeniería— fue considerado entonces como el emblema de las ciencias exactas, puesto que la disciplina interna que operaba sobre el templo interior del artesano fue apreciada siempre como una ciencia positiva, libre de cualquier superstición o misticismo adulterado. La operación, lenta y morosa, pues nos recuerda el lema “Natura non facit saltus,” la Naturaleza nunca actúa bruscamente, extrae del burdo adoquín del vicio aquel oro coagulado de los sabios, por medio del delicado cincel del arte a través de un persistente régimen del solve et coagula.

Pero como en cualquier agrupación humana, esta Edad de Hierro del mundo impone desafíos a cada uno de sus integrantes, buscando el eslabón más débil e infiltrándose sutilmente, a la guisa de aquellos parásitos más ocultos que asaltan la mente subconsciente por el intersticio más disimulado. La ciencia positiva de la sublimación y depuración del templo interior fue corrompida y reemplazada con rituales y ceremonias, tal vez buscando un camino más diligente para obtener resultados y ventajas precipitadas, y como el dicho reza: “los atajos cortos suelen llevar a retrasos largos.” Sabemos bien que las entidades positivas no actuarán contra la Directiva Primaria del Libre Albedrío, por lo tanto, no acatarán un llamado mecánico, originado a través de un ritual y orientado a producir un cambio forzado en la Naturaleza a cambio de un negociado energético, pero quienes sí responderán serán aquellas entidades hambrientas que resuenan con el pedido egocéntrico del solicitante.

El brillante estudio de Yates sobre el Iluminismo Rosacruz nos explica que el dogma masónico —en principio las logias británicas y más tarde inyectado a toda Europa por medio de los viajes diplomáticos de John Dee, que se evidenciaron luego en la diseminación de los panfletos rosacruces,— fue influido por los trabajos en espiritismo de Dee junto a Edward Kelly y el material canalizado de la Kabbalah hebrea. Si se analiza en profundidad, tanto las Monas Hieroglyphica (El Jeroglífico Monádico) de Dee como el artefacto de la Kabbalah, pueden ser interpretados desde la óptica alquímica como la secuencia y el camino del balance en la aplicación de los regímenes de la obra. Pero carentes de integración y tomado el material al pie de la letra son un caldo de cultivo para la consecución de rituales ante entidades lo bastante egocéntricas como para tener una tarjeta de presentación con su nombre comercial y sigilo de invocación.

No es de extrañar que siglos más tarde, la Sociedad Vril alemana y su hermana británica: la Golden Dawn estuvieran tras bambalinas —según leemos en las obras de Koch— en la prosecución de las, hasta ahora, dos guerras mundiales (cap. La herencia de Weishaupt): (4)
«Fomentaremos tres guerras que implicarán al mundo entero.» La primera de ellas permitiría derrocar el poder de los zares en Rusia y transformar ese país en la fortaleza del «comunismo ateo» necesaria como antítesis de la sociedad occidental. Los agentes de la orden «provocarán divergencias entre los imperios británico y alemán, a la vez que la lucha entre el pangermanismo y el paneslavismo.» Un mundo agotado tras el conflicto no interferiría en el proceso constituyente de la «nueva Rusia,» que, una vez consolidada, sería utilizada para «destruir otros gobiernos y debilitar las religiones.»

El segundo conflicto se desataría aprovechando las diferencias entre los fascistas y los sionistas políticos. En primer lugar, se apoyaría a los regímenes europeos para que derivaran hacia dictaduras férreas que se opusieran a las democracias y provocaran una nueva convulsión mundial, cuyo fruto más importante sería «el establecimiento de un Estado soberano de Israel en Palestina,» que venía siendo reclamado desde tiempos inmemoriales por las comunidades judías, cuyos rezos en las sinagogas incluían siempre la famosa muletilla, «el año que viene, en Jerusalén,» expresando así el anhelo de reconstituir el antiguo reino de David. Además, esta nueva guerra permitiría consolidar una Internacional Comunista «lo suficientemente robusta para equipararse al conjunto cristiano.» Los Illuminati preveían que en ese momento podrían disponer así, por fin, de la ansiada antítesis.

La tercera y definitiva guerra se desataría a partir de los enfrentamientos entre sionistas políticos y dirigentes musulmanes. Este conflicto debía orientarse «de forma tal que el Islam y el sionismo político se destruyan mutuamente» y además obligara «a otras naciones a entrar en la lucha, hasta el punto de agorarse física, mental, espiritual y económicamente.»
Considérese que tanto Adam Weishaupt, futuro fundador de los Iluminados de Baviera, como su indirecto mentor Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, fueron individuos dotados de recursos intelectuales muy por encima de la media, acompañados de profundos anhelos místicos, pero con pasados de sesgo trágico. Bajo el marco hiperdimensional, es común la inyección de eventos traumáticos, en particular durante la infancia y adolescencia, a fin de erradicar o distorsionar una vida de servicio al prójimo. Recordemos para concluir el siguiente pasaje del Tratado de la Revolución de las Almas del prestigioso rabí Isaac Luria (traducción de la versión francesa original de Hayyim Vital: Traité des Révolutions des Âmes [Sepher Ha-Gilgulim], cap. I):
Esto nos hace pensar que un alma que pertenecía, en el estado de santidad, a un miembro grande y de orden elevado ha debido ser introducida en un miembro correspondiente del mundo de las cortezas. Esto es lo que parece significar la palabra del sabio que dice: “Aquel que es mayor que su vecino lleva también en él mayor concupiscencia que la que existe en el otro.” Pues, cuando un alma excelente es introducida en las cortezas, le es completamente difícil salir de ellas, puesto que el mal que la encierra es correlativamente enorme. A esto se refiere lo que se dice de hombres, no obstante excelentes, que no por ello cometieron menos pecados atroces y detestables, tales como Jeroboam, Acab, Manasés, y sus semejantes. Esto hay que recordar particularmente.
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