La entrada abierta al palacio cerrado del soberano

La concepción, nutrición y entrenamiento del embrión áureo como camino de salida del confinamiento físico está lejos de ser una disciplina velada bajo el críptico término del infans solaris por la alquimia occidental. (1) Con la suficiente apertura mental es posible hallar referencias y fragmentos en libros sagrados de la mayoría de las culturas, si bien con frecuencia parecen erradicados de contexto, ya sea porque el traductor o el autor de la exégesis desconociera la profundidad del tema tratado; en Eclesiastés 12:6­7, un erudito libro tanto del Tanaj como del Antiguo Testamento, leemos:
“Antes que la cadena de plata se quiebre, y se rompa el cuenco de oro, y el cántaro se quiebre junto a la fuente, y la rueda sea rota sobre el pozo; y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.”
Nei Ching Thu:
diagrama de la textura
interna del hombre
En varias escuelas taoístas se presenta nuevamente esta curiosa analogía entre la geografía natural (macrocosmos) con la anatomía humana (microcosmos): la idea de concebir al organismo como una población con sus diferentes accidentes topográficos y significativos enclaves, los cuales han de ser administrados por un sabio magistrado: el shen o supraconsciencia. En el instructivo libro La piedra filosofal de Peter Marshall encontramos una detallada explicación del diagrama original hallado en un templo de Kao-sung Shan dentro de un antiguo rollo de seda:
El diagrama es una ilustración gráfica de la alquimia china nei tan, desarrollada ya durante miles de años. El cuerpo se representa como una montaña, con diversos peñascos proyectándose desde la columna vertebral y el cráneo. Describe la circulación del chi a través de los tres principales centros de energía, los denominados «campos del cinabrio» en la alquimia china: en el abdomen, el tórax y la cabeza. El corazón se representa como un anillo de sangre en ebullición, con un centro en calma. Los riñones se simbolizan mediante una muchacha tejiendo en su rueca, que envía el chi hacia la garganta (una torre de siete pisos) y la cabeza (la cima de una montaña). En el pivote central del cuerpo, situado a la altura del abdomen y conocido como «punto dantian,» aparece un buey y un arado con cuatro símbolos yin-yang curvados. En la parte de abajo se encuentra la noria, enviando los fluidos seminales desde los genitales para alimentar el cerebro y prolongar la vida. Y, como era de esperar, en la cabeza medita tranquilamente un sabio.
Pero la única forma de lograr esta armonía consiste primero en derrocar al draconiano emperador que ha tiranizado la comarca, al haber tomado por asalto la fuente, origen de la abundancia y los suministros. Para ello, es necesario ejercitar la noria o rueda del pozo: el diario y persistente trabajo interior, para hacer ascender al espíritu de manera que vuelva a Dios —parafraseando al respetado Filaléteo— hacia la entrada abierta al palacio cerrado del soberano. Las semejanzas de este pictórico relato con la rota microcósmica son llamativas, y no está alejado de los cuentos griálicos sobre la devastación de las tierras del soberano herido; en Los Custodios de la Verdad, de Tim Wallace-Murphy y Marilyn Hopkins, leemos:
Los romances originales del Grial incluyen claves codificadas para un sistema herético de creencias que contradecía el poder monolítico de la opresiva Iglesia de la época. El soberno del castillo del Grial, el Rey Pescador, está herido. Ya no sirve a su empobrecido reino con eficacia y, al igual que los usurpadores de las verdaderas enseñanzas de Jesús, los líderes de la Iglesia cristiana devastan las vidas espirituales de aquellos a los que afirman servir. Cuando alguien lo suficientemente puro como para ver el Grial restituya la salud del Rey Pescador, su deteriorado reino será restaurado. Cuando las verdaderas enseñanzas de Jesús triunfen sobre la codicia, la mentira, la hipocresia y la tergiversación, se pondrá de manifesto la realización del Cielo en la Tierra.
En un principio, las enseñanzas de Jesús parecen distar de las antípodas con el taoísmo secular. Sin embargo, el magisterio taoísta se ha nutrido del budismo, y muchas de las conclusiones y preceptos de los bodhisattvas o santos iluminados orientales parecen coincidir con las máximas cristianas. Las semejanzas históricas en el camino al esclarecimiento de Budha y Cristo son en extremo profusas como para que el ojo entrenado las ignore; similares analogías se presentan entre la doctrina gnóstica del catarismo (proviniente del griego «καθαρός» katharós: ‘puro’) y el movimiento judío esenio (del vocablo griego «ὅσιος» ossios: ‘santo’).

De observar los textos neotestamentarios desde la óptica oriental, el sacramento del bautismo cobra un sentido diferente al considerar respectivamente al Agua y al Fuego como el Mercurio coagulado y el Suministro celestial; leemos en Lucas 3:16: “Juan respondió, diciendo a todos: yo os bautizo con Agua; pero viene el que es más poderoso que yo; a quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él os bautizará con el Espíritu Santo y Fuego.” Richard Wilhelm en su exégesis al tratado chino del Libro de la Vida: El Secreto de la Flor de Oro, propone considerar la consagración del Embrión del Tao (el Hijo del Hombre) con el siguiente versículo de Juan 3:5: “Respondió Jesús: de cierto, de cierto te digo que el que no naciere de Agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.” Y hace también un interesante aporte distinguiendo los dos sentidos de rotación de la rueda:
  1. de manera predeterminada, ésta girará en sentido horario (rechtläufig) poniendo en relación las dos almas que habitan el cuerpo humano: el centro intelectual (el ego consciente o animus) y el centro animal (subconsciente o anima); las pasiones que asaltan al anima —la voluntad carente de discriminación— subyugarán al animus, forzando a que la inteligencia se ponga al servicio de los deseos; si el ego se somete a las pasiones del subconsciente, entonces será drenado de la energía vital y, eventualmente de continuar su progreso involutivo, terminará como un kuei o fantasma hambriento, con la apremiante necesidad de robar la esencia vital a otros seres vivientes;
  2. en cambio, a través del giro retrógrado, cuando el animus obtiene la maestría de las energías del anima, se logra la liberación de la ilusión externa (el māyā hindú o, en palabras del brillante Robert Monroe: el sistema de vida terrestre). Las energías así recuperadas son internamente transportadas de manera ascendente en la órbita microcósmica que eventualmente culmina en el nacimiento de un centro vital independiente de la existencia corporal; esta es la formación del filius philosophorum, deus o shen: la supraconsciencia.
Es decir que la diferencia entre una entidad descorporeizada creativa (en balance) y otra entrópica (en caos) nace en la disciplina energética del aprovechamiento del suministro interno. Un shen puede subsistir por tanto tiempo como la órbita microcósmica continúe en rotación, pero un kuei, en su estado famélico, sobrevivirá mientras consiga usurpar la energía ajena.

Esta es la razón por la cual tanto cátaros como esenios tenían al celibato en alta estima. Sabemos que los cátaros dividían dicho ejercicio en dos etapas: aquellos que ingresaban a su doctrina ya casados, continuaban manteniendo relaciones con su pareja a través del amor cortés, para eventualmente y en términos borgianos, definitivamente renunciar a la costumbre al adoptar el ascetismo de los perfecti. En el caso del esenismo, en el que repetidas veces se ha querido ver el germen del cristianismo,(2) a los individuos ingresantes se les exigía una vida humilde dedicada al estudio y disciplina, cuya base era la corrección fraterna mutua. Esta “corrección” se la ha visto más tarde en la práctica del Hesicasmo y por supuesto es la base de toda escuela del Cuarto Camino.

En el magisterio taoísta hallamos unas interesantes coincidencias, quizá vinculadas al hinduísmo: el cultivo del qi (chi) puede hacerse tanto a través del cultivo doble (en pareja) o simple; mientras que en la alquimia occidental hallamos la vía húmeda o kundalini heterogénica que se diferencia por su extensión en años con la vía seca o kundalini autogénica, también conocida como el camino del “arte sacerdotal.” El alquimista benedictino Basilio Valentín escribió en Las Doce Claves Filosóficas (3) al respecto:
El hombre sin mujer es mirado como un cuerpo separado en dos, y la mujer sin el hombre es lo mismo, es como si fuera un medio cuerpo, ya que nadie, particularmente, puede producir en sí mismo ningún fruto. Pero cuando viven unidos por el lazo conyugal, el cuerpo es perfecto y la evolución puede resultar de su semilla.
Desterrando la connotación explícita que aparentan las palabras del renombrado alquimista, deseamos esclarecer a través del siguiente pasaje brindado por el filósofo chileno Apiano León de Valiente, quien en su libro Las Cuatro Alas del Mercurio menciona:
Este segundo Adán fue arrancado de la Unidad original interior, y arrojado al mundo exterior de los pares de opuestos. Este segundo Adán está conformado por una parte femenina o cuerpo Mineral, o aspecto Lunar, Eva, y por otra parte masculina, Metálica, Solar o Adán propiamente tal. Como consecuencia del Big-Bang, ambas partes se trastocan, desordenando sus elementos y proporciones, de allí que esta materia posea su actual aspecto tosco y su actuar confuso. Ha cambiado su Cuerpo de Luz por una Larva Carnal.
Es decir, la concepción alquímica —y nuestros bienamados Hermanos en la Búsqueda de la Verdad nos permitirán sin duda añadir al gnosticismo, al catarismo, al esenismo y al cristianismo temprano: aquel profesado por los Padres del Desierto— entiende al Homo Sapiens como un soberano herido: su herida en el bajo vientre derrama energía vital hasta agotar la fuente. Allí el tirano atrabiliario —el complejo reptiliano o instalación foránea— retiene el control y sólo el Caballero del Grial, el Dracomante, puede a través de singular batalla: el ejercicio de la rueda del pozo u órbita microcósmica, retomar el control de los suministros energéticos del organismo.(4)

En el taoísmo, estos suministros se caratulan como Los Tres Tesoros (en chino tradicional: 三宝, San Bao) diferenciándose uno de otro por su frecuencia vibratoria (FRV); en el caso de una vida mundana sólo se tendrán disponibles dos de los tres tesoros: el jing (la apasionada fuerza generativa: la energía subconsciente del cuerpo orgánico o anima) y el qi (el suministro energético del conciente, ego o animus). Pero de retener y sublimar la energía sexual, surge una clase más sutil que provee de alimento al shen. Anteriormente, presentamos a los sacerdotes hawaianos o kahunas, quienes llamaban a esta tríada energética como maná, maná-maná y maná-loa respectivamente. Sólo esta última encumbrada forma de energía permite la concepción y nutrición del infans solaris. Gopi Krishna en su brillante libro Kundalini: the evolutionary energy in man concluye: (5)
A través del análisis de estos y otros hechos, poco a poco llegué a la conclusión de que, en virtud de los procesos evolutivos que ocurren en el cuerpo humano, descansará en los futuros investigadores confirmar o refutar que un centro consciente de alta potencia está siendo evolucionado por la naturaleza en el cerebro humano, en un lugar cerca de la coronilla, constituida por un tejido cerebral excepcionalmente sensible. La localización del centro permite que comande todas las otras partes del cerebro y del sistema nervioso de manera integral, con una conexión directa a los órganos reproductivos por medio del canal espinal.

En el hombre común, este centro embrionario se nutre del alimento nervioso presente en los fluidos seminales en una medida tan limitada que no interfiere con la función reproductora normal. Pero cuando está completamente desarrollado en individuos evolucionados, el centro está diseñado para reemplazar al centro consciente preexistente, utilizando para su actividad un combustible vital más poderoso extraído por las fibras nerviosas de los tejidos corporales en cantidades extremadamente diminutas recogidas y precipitadas a través del tubo espinal hacia el cerebro.
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La redención de la deidad dormida

La parábola neotestamentaria del hijo pródigo puede resumirse en las palabras del psicólogo Carl Jung cuando dice: “Para el Alquimista, el más necesitado de redención no es el hombre, sino la deidad perdida y dormida en la materia.” En el evangelio de Lucas 15:11-32 —proveniente de Loukás (Λουκάς) del griego antiguo leukós (λευκός): antorcha o luz, y del latín: lucis o lux, es decir la Buena Nueva de la Luz— leemos: (1)
Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos.

Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.

Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.
Nuestra investigación nos ha conducido a considerar la actual situación del ser humano como un individuo degradado por su propia maquinaria biológica: su cuerpo físico, aquel que los neognósticos comprenden como un implante, adaptado para subsumir la consciencia al sueño de la materia, bien podría verse como la pesada cruz en la que se ha clavado al alma. La tradición rosacruz sostiene que el homo sapiens fue una hábil factura arcóntica ingeniada para subyugar el ánima inmortal dentro los estertores de la carne, y sólo la labor personal puede generar, mediante un esfuerzo hercúleo, la piedra del exilio. Asimismo, el canon del budismo y del daoísmo sostiene que el hombre que malgasta su chi (qi) en actividades licenciosas, queda sometido a la infinita y vana rueda de la reencarnación.

En términos prácticos, la ecuación energética es sumamente sencilla: si el organismo físico, en el tercer estado de la materia, consume orgón de la manera programada biológicamente, el alma, presente en el cuarto estado, no puede iniciar su desarrollo; por lo cual, agotada la energía vital, el deterioro corporal se incrementa; surge la enfermedad y una concurrente exponenciación del impuesto etérico a la experimentación física; cierto es que en la vida moderna se apacigua la bioquímica del sufrimiento con cócteles de estupefacientes, pero aun así, las funciones orgánicas no tardan en cesar. Por supuesto, la tragicomedia humana no termina allí.

El alma, en un estado sub-embrionario, carente de energía y recursos derrochados por los vulgares goces mundanos, es conducida por aquellos que detentan el poder en el plano etérico, para una nueva ronda de encarnación en las coordenadas de espacio-tiempo que brinden un mayor rinde emocional para los arcontes; y esto coincide, asombrosamente, con la ley del Karma, dado que los individuos acostumbrados a una vida fácil serán recompensados con otra ardua y viceversa, y finalmente la ley del Tao se conformará, pues a través de estas vivencias polarizadas y la lenta destilación del sufrimiento, el núcleo espiritual comenzará a trastabillar por el camino que logre emanciparle de todo este padecimiento inconsciente que subyace en la cavernaria ilusión.

Regreso del Hijo Pródigo
(Rembrandt, siglo XVII)
La teoría para dar inicio al proceso redentorio se basa fundamentalmente en la sublimación de los instintos, mientras que la parte práctica consiste en descubrir la pericia para aquietar las regulares ebulliciones del húmedo radical y en aplicar, de manera continua e insistente, la órbita hermética del solve et coagula que se descifra en la arcana clave del VITRIOL: Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem, “Visite el interior de la Tierra, rectificando hallará la Piedra oculta.” Pero recuerden los Hermanos en la Búsqueda que el camino al cielo está sin pavimentar: cuando comiencen las fases iniciales de rectificación, todos aquellos groseros minerales adosados a los radicales de su simiente metálica —los introyectos de la psicología, los implantes de la ufología y los parásitos etéricos de la metafísica— darán cruel batalla, pues su fuente de alimento se verá restringida y, de acuerdo a la firmeza y dedicación del aspirante, totalmente disminuida. Se trata de la fase del Nigredo, y su color representa la oscuridad de la tierra arsenical: las prendas solares comienzan en el barro.

En The Secret Science behind the Miracles, podemos hallar una interesante explicación sobre la naturaleza intrínseca de estos parásitos etéricos o espíritus hambrientos, que obtuvo Max Freedom Long de los sacerdotes hawaianos Kahunas (Aquellos que Mantienen el Secreto); al parecer, el ser humano es una amalgama de dos antagónicos seres:
En resumen, la idea kahuna del consciente y del subconsciente parece ser, a juzgar por la semántica filológica que les dan a las palabras, un par de espíritus estrechamente unidos en un cuerpo controlado por el subconsciente y utilizado para cubrir y disimular a ambos. El espíritu consciente es más “humano” y posee la capacidad de hablar. El subconsciente, en cambio, es una entidad muda y penitente, propensa a las lágrimas y a regatear esfuerzo, pero encargada del manejo de la fuerza vital corporal. Hace su velado trabajo bajo un silencioso cuidado, pero es obstinado, caprichoso y muchas veces poco dispuesto a obedecer. Se niega a concretar una labor cuando “teme a los dioses” (es decir, cuando tiene un complejo o fijación de ideas), y se entremezcla o chantajea al espíritu consciente para dar la impresión de ser uno con él.
Bajo esta notable visión del ser humano como un gestalt frankensteiniano, se puede arrojar mucha más luz a las continuas discrepancias y al frecuente y molesto diálogo interno que denunciaron tanto Gurdjieff como Castaneda: dos entidades, de distintas densidades de consciencia —el subconsciente exponiendo su naturaleza reactiva y caprichosa de Segundad Densidad y el consciente encaramado en su egoico silogismo de Tercera Densidad— comparten el “control” de un vehículo físico en el que deben compartir los limitados recursos vitales que mayormente son administrados por la criatura más inexperta. Curiosamente, el sufismo ha observado la misma composición de gestalts: ruh-I haivani siendo el principio animal, y ruh-I insani, el alma racional.

La tradición kahuna concuerda con nuestra enumeración taxativa de las entidades etéricas; en este sentido, una vez que cesan las actividades corporales, la unión de los dos centros psíquicos puede continuar integrado o disgregarse; sin embargo, si bien se menciona a las entidades supraconscientes —es decir, de Cuarta Densidad— lamentablmente los kahunas no son precisos sobre la naturaleza del proceso durante el deceso de los humanos que han logrado La Gran Obra:
  1. El gestalt ordinario de un fallecido: se compone de un subconsciente y un consciente. Tiene facultades para pensar y recordar como cualquier ser humano común y corriente.
  2. El gestalt subconsciente, cercenado de su compañero consciente por algún accidente o enfermedad antes o después de la muerte. Este espíritu tiene facultades para recordar, pero es irracional, manteniendo sólo una razón deductiva basal. Responde a la sugestión hipnótica. Es como un niño y a menudo se expresa como un “poltergeist” ruidoso.
  3. El gestalt consciente de un humano, separado de su compañero subconsciente antes o después de la muerte física. Esta entidad no puede recordar, por lo tanto, es un fantasma casi indefenso, vagando sin rumbo, actuando como un “alma perdida” hasta que logre ser rescatado y emparejado con un espíritu subconsciente que pueda proporcionarle las facultades de la memoria; en ocasiones puede que recuerde eventos que no le pertenecieron, fruto de su unión con un subconsciente que estuvo asociado a otro consciente.
  4. Gestalts de orden superior: sólo se brinda información vaga sobre esta clase de entidades supraconcientes, aunque se concluye que frecuentemente toman parte en las actividades de las dos entidades inferiores, ayudándoles a realizar tareas de una naturaleza a veces espectacular o siendo hostiles y malignos.
Tanto las entidades negativas supraconcientes —que pueden asociarse a los arcontes del gnosticismo— como ciertos kahunas del lado siniestro, poseen la capacidad de ordenar a los gestalts inferiores para que parasiten o se introyecten en el subconciente de un ser encarnado, haciendo uso de su energía vital. Colin Wilson en su excelente relato The Mind Parasites acertó entonces al decir: “ellos no podrían existir aparte de la humanidad, porque ellos fueron la humanidad.” Y sin demasiado esfuerzo podríamos relacionarlos con los supuestos guías con que se topa Joseph Fisher (2) o los operadores de Barbara O'Brien: (3)
El proceso de posesión consiste en infiltrarse o adherirse al cuerpo de la víctima. (4) Hecho esto, su fuerza vital es drenada por las entidades intrusas y almacenadas en sus cuerpos fantasmagóricos. A medida que las fuerzas vitales de la víctima disminuyen, desde los pies llega un entumecimiento que se eleva gradualmente hasta las rodillas, las caderas y finalmente al plexo solar y el corazón, durante un período de tres días, momento en el que la víctima muere. Cuando se produce el deceso, las entidades abandonan el cuerpo, llevando consigo la fuerza vital recolectada, y regresan a sus amos.

Sin embargo, si la víctima pudo ser rescatada por otro kahuna, las entidades son devueltas a su dueño con órdenes hipnóticas de atacarle, y de tal embate los resultados muchas veces son fatales. Para evitar tal peligro, un ritual mágico de limpieza es realizado generalmente por el kahuna que envía inicialmente a las entidades. En el caso de concretar la misión, el kahuna ordena a sus esclavos espirituales jugar hasta agotar la fuerza vital que habían tomado del poseso. Su forma de juego usualmente consiste en lo que podríamos llamar “actividades poltergeist,” esto es, mover o arrojar objetos, hacer ruidos fuertes y crear disturbios de proporciones.
Si un ser humano encarnado posee un subconsciente “programado” o “guiado internamente” para actuar de manera agresiva contra su anfitrión consciente, ¿comenzamos a vislumbrar la resultante psíquica de los procesos de abducción? (5) Y para el ojo entrenado, nos atrevemos a indagar aun más: ¿vemos ahora con mayor claridad aquello que el alquimista debe rectificar? En Las Enseñanzas Secretas de Jesús de Marvin W. Meyer leemos desde el El libro secreto de Juan:
Yo dije: «Señor, ¿adónde irán las almas [animus o consciente] de estas personas cuando abandonen la carne?».
Él se rio y me dijo: «El alma que tiene más poder que el espíritu despreciable
[anima o subconsciente] es fuerte. Se escapa del mal, y a través de la intervención del Imperecedero [supraconsciente] es salvada y conducida al reposo eterno».
Yo dije: «Señor, ¿adónde irán las almas de las personas que no saben a quién pertenecen?».
Él me dijo: «El espíritu despreciable se hace más fuerte en tales personas cuando se extravían. Este espíritu coloca una pesada carga sobre el alma, la conduce a malas acciones y la arroja al olvido. Después que el alma abandona el cuerpo, es entregada a las autoridades
[arcontes: aquellos que detentan el poder] que han nacido a través del primer gobernante. La atan con cadenas, la arrojan a la prisión, y la insultan, hasta que finalmente emerge del olvido y adquiere conocimiento. Así es como obtiene perfección y se salva».
Los maestros orientales del daoísmo proponían inicialmente un ser humano con dos cerebros: el bajo o intestintal (dan-tien inferior) asiento de la vida y el alto o celestial (dan-tien superior) asiento del alma; ambos cerebros se encontrarían unidos por el dan-tien medio, asociado al sistema cardiorespiratorio. El yoga de la inmortalidad que difunde esta religión consiste en la integración de lo terrestre (principio alquímico interno o dragón áptero) con lo celestial (principio alquímico externo o dragón volátil) para consagrar la cimentación de una nueva entidad: el shen o supraconciente (infans solaris). La conclusión de todo este proceso es el nacimiento del redentor crístico que eventualmente alcanza el estado de budeidad, exonerándose del ciclo reencarnativo, a la par de alcanzar un nuevo estado de consciencia en la Cuarta Densidad: (6)
Los kahunas asociaron todos los procesos de pensamiento con el “mana.” La palabra mana-o significa “pensar,” y se agrega la “o” para demostrar que el proceso consiste en usar mana para producir consciencia.

La fuerza vital o mana de los kahunas tiene tres vertientes. Si es de naturaleza eléctrica, como lo han demostrado experimentos modernos, podemos decir con cierta seguridad que las tres fuerzas de
mana conocidas por los kahunas son semejantes a tres voltajes.

La semántica kahuna para los tres voltajes es la siguiente: para el bajo voltaje usado por el espíritu subconsciente es “mana,” pero para el voltaje medio, usado por el espíritu consciente como “voluntad” o fuerza hipnótica, se utiliza “mana-mana.” Por último, para el voltaje más alto conocido como “mana-loa” o “poderosa fuerza,” requerido únicamente por el supraconciente que, asociado finalmente a los dos espíritus menores, da cohesión definitiva al hombre trino.

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La ciencia secreta detrás del húmedo radical

La ceguera en la cual la humanidad se encuentra sumergida parece sostenerse principalmente sobre tres pilares erigidos bajo la cementación durante el umbral de la adolescencia: los sentidos, enfocados con exclusividad hacia la realidad material; la programación biológica, que dirige la maquinaria y conduce la urobórica química cerebral; y finalmente, la hipnosis endógena, fruto de la continua sumisión a la tiranía sensual del húmedo radical.

Pero cuando el decidido hermano en la Búsqueda de la Verdad logre asomarse, aunque más no sea por unos instantes, por encima de este infausto mecanismo de control y observar con ojos más despiertos a la realidad en la que se nos ha confinado aparecerá la componente exógena, presta a acudir ante cualquier posible insurrección gnóstica, con un etérico correctivo tras un velado proceso de abducción. Esta fuerza de choque será la más de las veces olvidada o confundida bajo lo que parecería ser un piadoso manto onírico, pero sus efectos nocivos continuarán operando en el trasfondo del subconsciente, incluso como animadas voces de susurros funestos y consejos nefastos. Es una parte relevante del programa de pacificación, como nos informa Marshall Vian Summers, y nos permitimos añadir, con vehemente asertividad, que estas dificultades no son razón para amedrentarse, tal como nos enseña el filósofo británico Edmund Burke: “Aquel que lucha contra nosotros refuerza los nervios y perfecciona nuestra habilidad. Nuestro enemigo es nuestro ayudante.

“Así se apacigua
esta terrible tempestad”
Si se logra evitar sucumbir a la desesperación y a la manipulación, deberá apertrecharse de conocimiento, sin olvidar la irreemplazable pericia para aplicarlo, junto con una conducta que tanto Carlos Castaneda como Theun Mares coincidieron en caratularla como la impecable actitud del guerrero. Y aquí creemos beneficioso recordar las palabras aclaratorias del prestigioso Fulcanelli al tercer artesón en la séptima serie de El Maravilloso Grimorio del Castillo Dampierre: SIC.TRISTIS.AVRA.RESEDIT, pues la principal labor del novel artesano debiera ser aquella que logre calmar la tempestad de las constantes y regulares ebulliciones del compuesto hermético; sepa entonces, que nuestro mercurio, húmedo y frío, se coagula poco a poco en contacto y por efecto del azufre, que se aprecia en la forma de un ancla, agente de desecación y firmeza.

Herbert Thurston, denodado estudioso e investigador de lo paranormal, puede ayudarnos a comprender la importancia de esta ancla filosófica; en su relevante investigación sobre Los Fenómenos Físicos del Misticismo, el jesuita inglés propone cuantiosos ejemplos documentados de levitación, estigmas y telequinesia, aunque los que entendemos más relevantes corresponden a los místicos que cobijan casos de incorrupción post-mortem, incendium amoris, inedia y el olor a santidad. De este último caso, extremadamente relevante para los alquimistas, Thurston comenta sobre el médium Stainton Moses:
Estos aromas eran de varias clases, siendo los más favoritos los de rosa, sándalo y verbena. Son utilizadas todas las flores, y aspirado su perfume. Este es el caso notable del campo. Observemos cómo entonces la presencia de una flor particular en la sala determinaba un olor sobresaliente, perdiendo temporalmente los capullos particulares todo su perfume, aunque el olor volviera al día siguiente. Algunas veces, sin embargo, se aspiraba un aroma perfectamente distinto procedente de una flor, o más precisamente, se atribuía a otra diferente.
«Hace algunos meses observé que me envolvía una atmósfera perfumada, en particular, en momentos en que yo sufría dolor. Siempre fui propenso a la neuralgia y, en esas ocasiones, cuantos me rodeaban advertían la presencia de variados perfumes, de igual manera a como los observábamos en aquellas sesiones. Una tarde me hallaba ante una ventana abierta azotada por el aire; sin embargo, exhalaba un aroma tan marcado a rosa que mis amigos presentes trataron de localizarlo. En efecto, se descubrió que radicaba en un punto no más extenso que un chelín, en la coronilla de mi cabeza. El punto era perceptiblemente húmedo y perfumado, fluyendo más libremente al hacer presión.»
Las altas enseñanzas del daoísmo, nos orientan al informarnos que el centro yang corporal corresponde a la coronilla, atribuyéndole las propiedades celestes,(1) mientras que en la geografía opuesta, encontramos su contrapartida yin que oculta los atributos terrestres y que, entendemos a través de nuestra investigación, acaso guarde el más alto secreto de la Gran Obra: el Verbum dimissum de Trevisano, la Palabra perdida de los francmasones y las hermandades herméticas medievales; Fulcanelli en El Misterio de las Catedrales nos recuerda desde el magisterio alquimista:
Post tenebras lux: No lo olvidemos. La luz sale de las tinieblas; está difusa en la oscuridad, en la negrura, como el día lo está en la noche. De la oscuridad del Caos fueron extraídas la luz y sus radiaciones reunidas, y si, el día de la Creación, el Espíritu divino se movía sobre las aguas del Abismo —Spiritus Domini ferebatur super aquas—, este espíritu invisible no podía ser al principio distinguido de la masa acuosa y se confundía con ella.
Y, en veladas pero sensatas palabras, que sugieren en susurros el conocimiento prohibido de la Puerta de la Vida y de la Muerte, hallamos en el tratado hermético Las Cuatro Alas del Mercurio unos párrafos que nuestros Hermanos en la Búsqueda nos agradecerán por la claridad manifiesta sobre la Piedra Angular:
El avanzado investigador deberá descender hasta el fondo de sus aguas corrosivas, para vivenciar su alterada composición y es allí donde, en el centro del profundo pozo negro, está el contenido alquímico de la Piedra Angular, que es divinizada por el Mercurio y oscurecida por el Caos.
[...] En el mismísimo centro de tu Caos debes fundir y transmutar, una a una las gruesas capas terrosas que impiden tu liberación, permitiendo que sea la propia Tierra, auxiliada por lo Superior, quien ponga orden dentro de sí. Desde un principio la Tierra fue creada desde Dios, pero fuera de Dios, aunque vivió y vive en Dios.
Pero desconocer y no aplicar este sagrado conocimiento —ars goth: argot o arte divino(2) puede acarrear severas dificultades al neófito. Nos referimos a que, carente del trabajo interior, la putrefacción alquímica del húmedo radical contenido y no sublimado, atrae mefíticas miasmas carentes de luz. Este reiterado hecho emanente de la mística y ascetismo riguroso, documentado en las tempranas hagiografías de los santos cristianos, fue analizado tanto por el erudito jesuita como por el ufólogo francés Aime Michel, quienes coincidieron en que la llana postura del suplicio físico o la conflagración de los “ardores emocionales,” produce fenómenos anómalos. En Story of St. Stanislaus Kostka, escrito por el padre Goldie, se nos refuerza la conexión del sufrimiento inconsciente con la putrefacción del orgón por carencia de sublimación:
Stanislaus era tan violentamente asaltado por el amor de nuestro Señor que, a consecuencia de ello, padecía desmayos y espasmos; se veía obligado a aplicar sobre su pecho lienzos mojados en agua fría para templar la violencia del amor que sentía.
Por supuesto que el párrafo citado, desprovisto de todo tinte religioso, sería visto como lo que fue: un ataque hiperdimensional de marcado trasfondo poltergeist. Siglos más tarde, durante 1880 Teresa Higginson, la maestra católica inglesa que había recibido los estigmas y las úlceras dactilares conocidas como desposorios o anillos de matrimonio místico, informaba a su director:
“Algunas veces acostrumbraba el demonio arrojarme completamente fuera de la cama, lanzar los objetos que estaban en el aposento, producir terribles ruidos, y yo temblaba en principio, que Miss Gallagher y la gente de casa pudiesen oirlos... Siempre que nuestro amado buen Dios aceptaba mis pobres oraciones en favor de los pobres pecadores, él, el demonio, se enfurecía, me golpeaba, arrastraba y casi me ahogaba... Solía hacerme golpear como he visto lo hacen los niños jugando unos con otros.”
El ojo entrenado no dudará ni por un momento en conectar estos estigmas y desposorios como la marca de propiedad de un eteriano con su fetiche humano. Parece que en particular la religión católica, con su marcada necesidad de pureza sexual —pero carente de técnica sublimatoria— ha sido la principal proveedora de ejemplares humanos sometidos a un ordeñe extático de distorsionada energía vital.

El otro grave riesgo que nuestra investigación nos ha develado consiste en la desequilibrada concentración del pervasivo agente celestial: el azufre de los filósofos, conocido en el daoísmo como el agente alquímico microcósmico externo, cuando el obrero apresurado se afane en intentar la obra breve, incrementando la velocidad en la ingesta del suministro externo y obteniendo una mezcla desproporcionada al no encontrarse en balance la mixtura con el agente alquímico microcósmico interno, suscitando así un compuesto hermético inestable, arrebatado y en extremo combustible; Fulcanelli nos previene:
Una advertencia semejante apenas se encuentra en los libros, en extremo sucintos, acerca de todo cuanto se refiere a la Obra Breve, pero que el adepto de Dampierre conocía tan perfectamente como Ripley, Basilio Valentín, Filaléteo, Alberto el Grande, Huginus à Barma, Cyliani o Naxágoras.
Sin embargo, y porque juzgamos útil prevenir al neófito, cometería un error si concluyera que tratamos de desalentarlo. Si desea arriesgarse en la aventura, que sea para él la prueba del fuego a la que debían someterse los futuros iniciados de Tebas y de Hermópolis, antes de recibir las sublimes enseñanzas. El brazo en llamas sobre el altar, ¿acaso no es un símbolo expresivo del sacrificio y de la renuncia que exige la ciencia? Todo se paga aquí abajo no con oro, sino con la dificultad y el sufrimiento, dejándose a menudo parte de uno mismo, y nunca podría pagarse demasiado cara la posesión del más pequeño secreto, de la verdad más ínfima. Si el aspirante, pues, se considera dotado de la fe y armado del coraje necesarios, le desearemos fraternalmente que salga sano y salvo de esta dura experiencia, la cual termina, lo más a menudo, con la explosión del crisol y la proyección del horno. Entonces, se podrá exclamar, como nuestro filósofo: ¡Feliz infortunio! Pues el accidente, obligando al aspirante a reflexionar sobre la equivocación cometida, le llevará a descubrir, sin duda, el medio de poder evitarla, así como el truco de la operación regular.
Pero a los fines de orientar claramente a nuestros bienamados buscadores de la Verdad, sin que por ello les exima de todos los peligros y eventuales tormentos en la consecución de la Gran Obra, nos permitimos sugerir el siguiente pasaje del renombrado maestro en que, con suma claridad, orienta al obrero hacia aquel sitio subterráneo donde yace la piedra angular que oculta la fuente y conecta las columnas gemelas, aquellos canales secretos que se erigen en esbelto ascenso, trepando hacia las regiones empíreas del templo:
Lo mismo que el alma humana tiene sus pliegues secretos, así la catedral tiene sus pasadizos ocultos. Su conjunto, que se extiende bajo el suelo de la iglesia, constituye la cripta (del griego κρύπτη «krýptē», oculto). En este lugar profundo, húmedo y frío, el observador experimenta una sensación singular y que le impone silencio: la sensación del poder unido a las tinieblas. Nos hallamos aquí en el refugio de los muertos, como en la basílica de Saint-Denis, necrópolis de los ilustres, como en las catacumbas romanas, cementerio de los cristianos. Losas de piedra; mausoleos de mármol; sepulcros; ruinas históricas, fragmentos del pasado. Un silencio lúgubre y pesado llena los espacios abovedados. Los mil ruidos del exterior, vanos ecos del mundo, no llegan hasta nosotros. ¿Iremos a parar a las cavernas de los cíclopes? ¿Estamos en el umbral de un infierno dantesco, o bajo las galerías subterráneas, tan acogedoras, tan hospitalarias, de los primeros mártires? Todo es misterio, angustia y temor, en este antro oscuro...

A nuestro alrededor, numerosas columnas, enormes, macizas, a veces gemelas, irguiéndose sobre sus bases anchas y cortadas en desigual. Capiteles cortos, poco salientes, sobrios, rechonchos. Formas rudas y gastadas, en que la elegancia y la riqueza ceden el sitio a la solidez. Músculos gruesos, contraídos por el esfuerzo, que se reparten, sin desfallecer, el peso formidable del edificio entero. Voluntad nocturna, muda, rígida, tensa en su resistencia perpetua al aplastamiento. Fuerza material que el constructor supo ordenar y distribuir, dando a todos estos miembros el aspecto arcaico de un rebaño de paquidermos fósiles, soldados unos a otros, combando sus dorsos huesudos, contrayendo sus vientres petrificados bajo el peso de una carga excesiva. Fuerza real, pero oculta, que se ejercita en secreto, que se desarrolla en la sombra, que actúa sin tregua en la profundidad de las construcciones subterráneas de la obra. Tal es la impresión que experimenta el visitante al recorrer las galerías de las criptas góticas.
La encumbrada pluma del maestro es discreta al describir la “bomba del sacro,” la “rueda hidraúlica” o el “fuelle de la fragua:” la velada región del perineo, ubicada en el centro yin corporal, que produce la separación del principio vital del húmedo radical en su ascendente órbita celeste; es a partir de esta fuerza real que se ejercita en secreto, por medio de la musculatura del bajo vientre, la arcana ciencia que se encarga de hacer girar la rueda del pozo para extraer los suministros energéticos y que, llegado el momento del nacimiento de nuestro filius philosophorum, transportará a través de los nadis la luz celestial que bañará el rosetón del palacio gótico.

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